Soy de los que piensan que cada edad de los hijos es mágica y fugaz. Aun así, tengo un recuerdo especial, y siento un dolor inmenso al pensar que son momentos irrecuperables, cuando yo llevaba a mis dos hijas pequeñas a su escuela de primaria. Las veo vestidas en su uniforme escolar, pulcras y peinadas con colas de caballo, caminando en la fila de su clase al patio central, recitando el juramento a la bandera, y luego, luchando contra los nervios, acercarse al micrófono para hacer un anuncio de cualquier novedad en el hogar, que era la manera que el colegio adiestraba a los niños para hablar en público. Y ahora pienso que en un día igual de hermoso, como sucedió el 28 de febrero en Teherán, cayó un misil Tomahawk y mató a todas las niñas en una explosión devastadora. La escena parte el corazón en pedazos demasiado pequeños para recogerlos con las manos.
¿Se imaginan el cólera? ¿El odio? ¿La sed de venganza? Murieron 175 personas en ese ataque, la mayoría niñas. Trump no admitió el error; trató de culpar a Irán y ni siquiera pidió perdón. Esas atrocidades son las semillas de retaliaciones futuras. ¿Acaso creen que los padres que perdieron a sus hijas de esa manera tan injusta, bombardeando un blanco civil indefenso, no van a hacer lo posible para vengarse de esa infamia? Es un crimen de guerra. Y Trump ha cometido tantos en su gobierno que tendría que resucitar varias veces para pagar todas las condenas.
La razón por la cual ocho presidentes anteriores habían buscado salidas diplomáticas al problema de Irán es porque todos sabían lo que Trump ignoró: el alto costo en vidas que un conflicto militar implicaría, y el impacto que tendría en la economía mundial el cierre del estrecho de Ormuz.
Esta es la primera vez, tras la Segunda Guerra Mundial, que Estados Unidos ataca una zona de importancia global. Sus guerras previas eran contra países de limitada repercusión económica: Vietnam, Afganistán, Granada, Panamá y hasta Irak en el 2003. Nunca antes un presidente gringo había cometido la estupidez de iniciar una guerra cuyas secuelas afectarían la economía mundial, y lo hizo a la ligera, sin medir las consecuencias. Esto es lo que pasa cuando un país elige a un líder funesto. Y lo peor es que Estados Unidos lo ha hecho dos veces. Mejor dicho: 77 millones de personas miraron a Trump hablar y actuar, y no sintieron reparos en votar por él.
Trump dice que él está ganando la guerra. Pero cuando un país desata un ataque de esta magnitud, y los objetivos logrados son los contrarios a los deseados, no puede decir que está ganando. Antes bien, está perdiendo. Porque si el objetivo era derrocar al régimen, éste sigue en pie y, peor aún, sólo cambiaron un Jameneí por otro, y uno más radical. Si el objetivo era debilitar esta teocracia medieval, la han fortalecido al comprobar que puede cerrar el estrecho y poner al mundo de rodillas, pues por ahí pasa el 20 % del petróleo que se consume a diario. Y si el objetivo era impedir un Irán nuclear, la guerra ha renovado el deseo de obtener armas nucleares para prevenir ataques en el futuro.
Esta es una guerra estúpida, innecesaria y pésimamente planeada. Por eso Estados Unidos la está perdiendo. Aunque todos pagaremos los costos. Y me temo que el mayor costo será en sangre de inocentes. Como los 175 que murieron en la escuela de Teherán.