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Mi libro más difícil de escribir, el que me exigió mayor concentración y años de trabajo, fue mi novela más reciente, Los hechos casuales. Pero el que me exigió mayores costos y mayor esfuerzo físico fue, sin duda, La sentencia, la novela que publiqué en el 2002 y que narra las aventuras de un cazador de tesoros llamado Francisco Rayo. Quizás sirva contar la historia para quienes desean escribir una novela y sepan cómo son las cosas en este oficio de locos.
En esa época me dio por buscar tesoros hundidos en el mar. Comenzó como un hobby pero muy pronto se volvió una pasión, y leí cuanto libro encontré sobre el tema. Pero no sólo leí. Siempre he creído que una novela, para que sea buena y creíble, se tiene que nutrir de vivencias reales y personales, y por eso acudí a mis aventuras de buzo mientras buscaba pecios en el Caribe. Mejor dicho, me mojé los pies. Durante un tiempo estuve buceando y explorando las aguas de Cartagena de Indias con un detector de metales, siempre solo en el fondo pero acompañado en la superficie del mejor piloto de lancha, Gilberto Villa, quien me ha salvado la vida en más de una ocasión.
Como digo, ese libro fue el más costoso de escribir. Exigió viajes a Nueva York para recorrer los museos más famosos de la ciudad, porque tienen un papel protagónico en la novela. Y también para asistir a la subasta que realizó la prestigiosa casa de Christie’s del tesoro rescatado del SS Central America, el vapor que se hundió a 200 millas de la costa de Carolina del Norte en 1857, con más de 450 almas a bordo, mientras transportaba uno de los mayores cargamentos de oro de la historia.
Sin embargo, el mayor desafío, aparte de la escritura en sí de la novela, fue el esfuerzo físico de las exploraciones submarinas. La única época que yo tenía para sondear las aguas de Cartagena era la de diciembre, la peor para la tarea. Las olas en ese mes son gigantescas, a tal punto que me sentía explorando el terreno metido dentro de una máquina lavadora, dando tumbos y revolcado con el detector y los audífonos, y arrastrado por el fondo de rocas y arena, y a menudo ciego por la espuma y el oleaje. Duré días buscando señales de naufragios desde la superficie, remolcado por la lancha con una cuerda y una tabla, usando máscara y tubo y nadando a pulmón, siempre pendiente de los tiburones a mis espaldas. Luego, cuando creía ver algo prometedor, me hundía con el tanque de buceo y el detector de metales, y me destruía las rodillas y las yemas de los dedos en las rocas y en los trozos de coral muerto como dagas, que deshacían mis gruesos guantes submarinos como si fueran de seda. Cada jornada era agotadora, pero utilicé mis lecturas y mis vivencias para contar la historia de Francisco Rayo y su búsqueda de La Armona, el mercante francés hundido en 1705 que llevaba de contrabando un cofre lleno de lingotes de oro.
Por desgracia, en la vida real nunca encontré nada de valor. Ni joyas ni monedas de plata ni lingotes de oro. Sí descubrí varios naufragios, con sus cañones de hierro y las pilas de lastre regados en el fondo del mar. Pero el mayor tesoro no lo descubrí sino que lo escribí, y fue esa novela titulada La sentencia. Porque al final lo que importa en esta profesión es el texto que uno escribe y que lo justifica todo. Incluyendo la propia existencia.
