En esta época de fin de año, de balances e introspección, en vez de proponer resoluciones difíciles de cumplir prefiero resaltar lo que para mí es sagrado. Aquellas cosas en las que creo.
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Creo, por ejemplo, en el poder de la palabra y el valor de la literatura. En la equidad de los semáforos y en tomar turnos, que es la esencia de la democracia. Creo en la Divinidad, en la dimensión espiritual y en la trascendencia, pero no, en cambio, en ninguna iglesia o religión organizada. Creo que el silencio es menos la ausencia de sonidos que el vacío necesario para la creación de los sonidos propios. Creo en celebrar las ocasiones, porque son valiosas y fugaces, y contadas en la vida. Creo en la riqueza de los libros, y me asombra que al extraer un volumen de la biblioteca uno pueda conocer el pensamiento de Aristóteles, el genio de Shakespeare, el mundo de García Lorca y la magia de García Márquez. Creo en la importancia del contacto físico, de la piel sobre la piel, y en verbalizar el amor a quienes amamos. Creo en causas que quizá nunca se terminan de ganar pero que, si se descuidan, se pueden perder, como lograr una sociedad más justa y equitativa. Creo en la dureza de las experiencias, por ser las más formativas, porque los mejores espejos son los que representan un verdadero peligro. Creo en el azar y que lo insignificante no existe. Creo en aquello que elude a las palabras, como el arrebato y el frenesí del acto sexual y el vértigo del amor. Creo que lo divino se manifiesta en el fuego, en la brisa, en la nieve, en la tierra y en cada gota de agua. Creo en la belleza de la pintura y en aquel misterio infinito que llamamos música. Creo que la poesía es algo superior al poema. Creo en la bondad y en su carácter discreto y en su prevalencia sobre el mal, aunque lo segundo sea noticia. Creo en la inspiración, notable en las obras de los grandes maestros, pero aún más en el trabajo diario y sostenido. Creo en la lucidez de la razón y en la iluminación del espíritu. Creo en aquel invento que permite el orden social y que alguien llamó Justicia. Creo que hay una comunión entre la sal de la lágrima, la sal del sudor y la sal del océano. Creo en la nobleza de los perros y los delfines, en la elegancia de las águilas y los caballos, y en el afecto de los animales por sus crías. Creo que el gran arte debe ser admirado con reverencia y gratitud, y jamás ultrajado por ningún motivo, sin que importe la dignidad de la causa. Creo que la vida está limitada por la muerte y que en esos límites estriba su milagro y su grandeza. Creo en la magia, así el mago diga que su acto es una ilusión, porque mi asombro infantil me dice que aquello es sólo explicable mediante el sortilegio. Creo en la importancia de los placeres sencillos, como el primer sorbo de café en la mañana y el sabor terrenal que nos depara el vino. Creo que en la vida, al igual que en la literatura, no existe el error pequeño. Creo en líderes que lideran y en representantes que representan, y no en aquellos que simulan hacerlo para promover sus intereses. Creo en la sabiduría que confiere el pasado y en el esplendor que promete el futuro. Creo que hay cosas por las cuales luchar y otras por las cuales morir. Creo en la necesidad de la batalla pero no en la validez de la guerra. Creo en la existencia de otros mundos, poblados de vida. Creo que toda dictadura es ilegítima y que la democracia no es un lujo sino una necesidad. Creo que el arte no es superfluo sino un alimento vital que nutre el alma de las personas. Creo que la cortesía representa la cima de la civilización y que la decencia no es una opción sino una obligación. Creo que toda mentira es temporal y que tarde o temprano sale a relucir la verdad. Creo que el valor del individuo depende de su calidad humana y no de su género, origen o color de la piel. Creo que la intolerancia es un pecado, que la diversidad es una riqueza y que al necio conviene educarlo y no ignorarlo. Creo que Cristo caminó sobre la tierra, que supo cosas importantes y secretas, y que en algún lugar yace una piedra que Él sostuvo, pensativo, en su mano. Creo en agradecer todo, tanto lo bueno que nos alegra como lo malo que nos educa. Creo en la fragilidad de la existencia y que la vida vale la pena de ser vivida. Creo en lo que escribo y que alguien me lee. Y eso lo aprecio de todo corazón.