Hace poco la abogada iraní Shirin Ebadi, ganadora del Premio Nobel de la Paz del 2003, pidió disculpas por su apoyo a la revolución de los ayatolas de 1979. “Estábamos seducidos por el clérigo Khomeini”, declaró en una carta pública dirigida a sus hijas. “Y me cuesta admitir que lo seguíamos sin saber casi nada sobre este hombre. De haber vivido en una sociedad abierta con partidos políticos libres, habríamos escrutado las ideas de Khomeini y visto que él no podía ofrecer la libertad que tanto deseábamos entonces. Durante su exilio en París él hablaba de democracia, y creímos que, por ser una figura religiosa, era incapaz de mentir”. Sin embargo, tan pronto asumió el poder, Khomeini acabó con las libertades de las mujeres, impuso una dictadura religiosa, destruyó la economía y creó un régimen corrupto y represivo que regresó al país a las tinieblas del Medioevo. Pero todo eso sólo fue posible, anota la activista, gracias al apoyo de gente como ella, personas que se equivocaron. Y su error tuvo consecuencias trágicas.
Esta es una de las autocríticas más valientes de nuestra era, un verdadero mea culpa. Porque, a pesar de su idealismo, eso no exonera a esa generación de iraníes de lo que hicieron, y por eso Ebadi les pide disculpas a sus hijas y a su pueblo. Por ingenuidad o ignorancia, la Revolución Islámica llegó al poder, apoyada por gente como esta abogada, y se adueñó del país hasta el sol de hoy. Por ello, son en parte responsables de su existencia y de sus crímenes.
La pregunta que me surge es la siguiente: ¿por qué no vemos más autocríticas como esta? ¿Dónde está la toma de conciencia de los defensores del comunismo, del fascismo, de las dictaduras de América Latina y de los grupos de extrema derecha e izquierda del mundo? Porque cada uno de estos grupos, que les causaron la muerte a millones de personas, existió gracias al apoyo de gente entusiasta pero errada como Shirin Ebadi. Y, a pesar de los estragos que dejaron, sus defensores jamás cuestionan su militancia, ni piden disculpas por su tajada de responsabilidad, grande o pequeña, en la tragedia. ¿Dónde está su arrepentimiento?
Y esto me trae a la crisis actual. Los presidentes de Brasil y México, por minimizar el peligro del coronavirus, bajaron la guardia ante la pandemia, y miles han muerto (y miles más morirán) por culpa de su frivolidad y falta de liderazgo. El caso de EE.UU. es aún peor. Este país está sufriendo su peor crisis y la está capoteando el peor presidente de su historia. ¿Cuándo oiremos la autocrítica de todos sus electores, culpables de su triunfo? Mientras el mundo cerraba ciudades y fronteras, Trump seguía diciendo que el virus era una patraña inventada por los demócratas. Y por su demora en reaccionar, el país ha perdido, a la fecha, 17 millones de empleos y han muerto miles de personas de manera innecesaria.
¿Entonces cuándo vamos a oír sus disculpas? Nunca. Y eso es lo peor. No sólo que la gente, por inocencia o ignorancia, cometa el error de elegir a una persona indigna del cargo, que desprecia la ciencia y carece de compasión y lucidez para manejar la crisis, sino que ahora, cuando resulta claro el daño que han causado, son incapaces de reconocerlo y de pedir disculpas. Carecen del sentido de la autocrítica. Sin duda, podrían aprender mucho de Shirin Ebadi.