Hoy mucho joven no solo quiere ser estudiante y ciudadano. Quiere ser activista. Y lo primero que requiere un activista es un enemigo. Alguien a quien señalar y juzgar desde una posición de superioridad moral. Por eso hemos visto, últimamente, la prevalencia del activismo pueril, la condena o la defensa apasionada pero ligera, y el tomar partido sin conocer a fondo el contexto histórico y las raíces milenarias del problema o conflicto. Todo eso lleva, a menudo, a la acusación infundada, apresurada o injusta. Porque, claro, es tentador dividir el mundo entre buenos y malos, sin tomarse el trabajo de estudiar las cosas con rigor, para luego asumir el papel de luchador y activista, defensor de una causa digna, y así sentirse relevante y políticamente correcto. Incluso validado.
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La sociedad siempre ha tenido guardias de la conducta, moralistas que señalan los errores de otros. Y el error depende de la causa que está de moda. En mis tiempos universitarios esa causa era el marxismo. Cuestionar sus mandamientos era condenarse a la burla y al ostracismo. Hoy, muchas banderas se pueden reunir bajo una general: la lucha por la diversidad. Y, como suele suceder, los nuevos guardias, vehementes y exaltados, se han excedido. Se les ha ido la mano, imponiendo cambios extremos, fustigando a quienes discuten sus dogmas. Protestando contra la intolerancia se han vuelto intolerantes. Talibanes de la causa. Este es, por desgracia, el autogol de la diversidad.
No me malinterpreten: no cuestiono la causa ni su validez sino sus excesos. Aunque los entiendo. Durante siglos, los conservadores fueron tan intolerantes, tan ciegos y reaccionarios, empeñados en rechazar la aceptación de otros, que los defensores de la inclusión se tuvieron que radicalizar, volverse legión, ejércitos luchando contra la oposición conservadora y abriendo espacios sociales, sexuales, culturales, religiosos y laborales a la fuerza. Y es admirable lo que se ha logrado: la mejoría en derechos de minorías, igualdad de géneros, justicia social e inclusión. Falta mucho, desde luego. Muchísimo. ero el progreso es innegable. No obstante, esta batalla tan exitosa ha tenido un daño colateral. Muchos campeones de la diversidad se han vuelto dogmáticos, acusando con premura y fanatismo a quienes ven como enemigos. Y han perdido seguidores.
¿Qué tal la cultura de la cancelación, el acto de impedir que hablen ciertas personas en las universidades porque son vistas como godas o reaccionarias? En una sociedad abierta, la mejor manera de combatir al contrario es escuchándolo: refutando, discutiendo y develando la pobreza de sus tesis. Ofreciendo mejores ideas. Argumentos más sólidos y convincentes. Persuasivos. Pero para eso hay que oírlo. Prohibir su presencia sólo valida la acusación contraria: que muchos defensores de la diversidad son ayatolas igual de intransigentes que sus rivales.
Ahora, entiendo la impaciencia. Quienes han sido apartados de los bienes y derechos que otros gozan sin debate no están dispuestos a esperar años para lograr la igualdad y la justicia. Pero la causa es la que sufre cuando se defiende mal. Cuando se hace con excesos. Y eso es lo que me preocupa de la situación actual. ¿Hoy cuántos no reparten etiquetas como bolillazos para callar a quien piensa distinto? Eres casi un nazi si no te gustan grafitis en la calle, si no dominas todas las opciones de género, si no incluyes cada posibilidad humana en tu léxico, o si le cedes tu silla a una mujer. Incluso si les pones nombres a tus hijos en vez de permitir que ellos mismos lo hagan. Muchas de estas imposiciones son innecesarias y banales. Y las batallas banales socavan las auténticas.
Estos ejemplos delatan el autogol de la diversidad. Si sus defensores se exceden, la gente se aleja de sus filas, desencantada, pero no por conservadora sino porque rechaza el chantaje implícito en sus posturas: si no hablas o actúas o piensas como ordenan los paladines de la diversidad, eres un intolerante y un fascista.
Porque, repito: es tentador dividir el mundo de manera simplista, entre buenos y malos. Y el activista necesita un malo a quién juzgar con dedo acusatorio. El problema es que los temas de hoy son tan complejos que la postura radical y vociferante, aunque bien intencionada, a menudo es errada, injusta o cierta a medias. Insisto: una cosa es defender una causa urgente y legítima, que además comparto, como la inclusión y la diversidad. Otra, que unas cuantas personas, para sentirse relevantes, sean los nuevos guerreros de la moral, repartiendo bolillazos a quien no comulga con sus tesis.
Todo esto es entendible, sin duda. Nadie nace con la conciencia hecha y completa, y esta necesita crecer y evolucionar. Requiere un proceso de maduración. Pero recuerdo un consejo elemental: no conviene hacer el aprendizaje en público.