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El epífano

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Juan Carlos Botero
16 de agosto de 2008 - 01:31 a. m.
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A RAÍZ DE LA EDICIÓN EN ESPAÑA de Las semillas del tiempo (epífanos), y debido a que el libro se presentará en la Feria del Libro en Miami, varios medios me han pedido que explique en qué consiste este nuevo género literario, inventado por Hemingway en los años 20 en París.

Tal vez no sobra compartir mi respuesta en este espacio. El epífano es una ficción corta en prosa. No aspira a contar una historia (con un comienzo, medio y fin) y por eso no es un cuento o un minicuento. Busca arrestar un hecho o un instante significativo, capaz de iluminar, a pesar de su fugacidad, rasgos sobresalientes de la condición humana, los que no se suelen detectar, con igual claridad, en períodos más largos de tiempo.

Todos los hemos vivido y los hemos visto con frecuencia. Uno de los más famosos se aprecia en la obra maestra de Francis Ford Coppola, El padrino: el instante cuando un hombre descubre su esencia y por primera vez encara su destino. En esta película don Vito Corleone ha sido víctima de un atentado que casi lo mata. Michael, su hijo menor, el único que no participa en los negocios turbios de la familia, se entera de la noticia y corre al hospital, pero al llegar descubre que los guardaespaldas han desaparecido.

El patriarca está solo y vulnerable, y es claro que sus enemigos preparan otro atentado. Michael sube a la habitación y, con la ayuda de una enfermera, trasladan la camilla de su padre para esconderlo. De pronto, suenan pasos en el corredor y aparece un hombre vestido de negro que recorre los pasillos del hospital. Por suerte, es sólo un panadero que desea visitar a don Corleone. Michael le explica la situación, y entonces salen sin armas a la puerta del edificio en espera de los asesinos que vendrán a matar al padrino.

Fingiendo ser un guardaespalda, Michael hunde el ala de su sombrero, se levanta el cuello del abrigo e introduce su mano en el interior como si tuviera un revólver; le dice al panadero, quien tiembla del miedo, que haga lo mismo. Segundos después, aparece un automóvil, rodando lento y siniestro; las armas se perfilan en la oscuridad. Los sicarios ven dos hombres que parecen custodiar la puerta del hospital y piensan que el plan ha fallado. Luego de un momento de suspenso, siguen de largo. Michael y el panadero los ven desaparecer en la noche.

El panadero suspira y suda; con las manos temblorosas extrae un cigarrillo y le pide fuego a Michael. Éste saca un encendedor y prende el cigarrillo del otro que tiembla sin control. En ese instante, Michael, con una mezcla de sorpresa y serenidad, observa su mano y advierte el contraste con la del panadero: la suya no tiembla. Él no ha sentido miedo. Por primera vez en su vida, él toma conciencia de su sangre siciliana y reconoce lo que es, pese a haberlo negado durante años: un mafioso de nacimiento. A partir de entonces y gracias a esa sangre fría, Michael ascenderá en el mundo del hampa hasta heredar el trono del padrino. Sin duda, Coppola sabía que ese instante era el “turning point” de Michael Corleone, y por eso enfocó la mano firme, el encendedor inmóvil y la mirada del hombre que acepta su destino criminal. Esta escena es, por supuesto, un epífano.

Estos segundos cruciales, capaces de comprimir más sentido de la vida que otros más vastos, son materia prima válida: puntos culminantes que merecen la atención del escritor. Cierto: al igual que este ejemplo que brilla en una película, esos instantes (“momentos decisivos”, según Cartier Bresson) aparecen en cuentos y novelas, titilando en medio del relato. Sin embargo, Hemingway tenía razón: a la vez son momentos soberanos, que pueden existir de manera independiente, como piezas acabadas, y convendría que la prosa contara con una forma exclusiva, como es el epífano, para conservarlos en todo su esplendor.

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