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¿Por qué es tan difícil ver en las toldas del uribismo un candidato… normal? O son fascistas, o radicales e intolerantes, o furiosos extremistas, o lunáticos que proponen, de frente, tesis estridentes y violentas. Si la política consiste en sumar y multiplicar, no restar ni dividir, esta estrategia electoral parece suicida.
Incluso hay mucho del uribista que, a primera vista, luce incomprensible. Son los primeros en invocar el tricolor de la bandera y se creen los más patriotas de todos, pero, cosa curiosa, son los primeros en defender salidas violentas a los conflictos. Para alguien que piensa que todos los colombianos somos hijos de la misma nación, esas propuestas son alarmantes.
Claro, en el otro extremo político hay mucho radical que piensa igual. Con propuestas tan peligrosas y excesivas. Pero es algo propio del fascismo ese grado de intolerancia, la convicción apasionada de que ellos son los auténticos patriotas y los únicos que tienen siempre la razón, y que el opositor no es un rival sino una amenaza. Lo cual se presta para toda clase de violencias.
Lo cierto es que hay mucho de incomprensible en esta tribu política. Su amor por el expresidente Uribe bordea el fanatismo y, aunque muchos poseen cualidades innegables, la mayoría comparte un grave defecto que pesa más que cualquier virtud: no son respetuosos del Estado de derecho.
En cuanto uno acepta ese rasgo de su mentalidad, de pronto muchas actuaciones del uribista que asombran por insólitas y violentas se tornan entendibles. En teoría el uribista respeta las reglas de la democracia, pero este (y a menudo esta) suele creer que hay metas más urgentes o importantes que están por encima del Estado de derecho: ganar las elecciones, acabar con la guerrilla, derrotar al enemigo, defender la Seguridad Democrática o proteger a los amigos. En el fondo, el uribista piensa que el fin justifica los medios y eso hace que se impulsen o toleren, con su palabra o ejemplo, acciones que nadie debe aceptar, acciones que sus rivales políticos no pueden decir o hacer porque están limitados por las normas del Estado de derecho.
Sólo entonces se entiende que tanto delito cometido por sus aliados no despierte rechazo e indignación en el uribista. Se aceptan las chuzadas telefónicas, los falsos positivos, el acoso a periodistas y el seguimiento a magistrados de las cortes, el torcer la Constitución para que su líder continúe en el poder, la filtración de los diálogos secretos con la guerrilla, el torpedear el proceso de paz y un larguísimo etcétera. Todas esas cosas son, sin duda, inadmisibles e ilegales, pero no importa: con tal de lograr el objetivo del momento y así se viole el Estado de derecho, está justificado en la mente afiebrada del uribista.
Claro, las personas más cercanas al expresidente, que viven hechizadas con su carisma, son las escogidas para poner en práctica esos actos que no respetan las leyes, por eso tantas terminan investigadas y condenadas por la justicia. Así pasó con Óscar Iván Zuluaga cuando el candidato se reunió con hackers que chuzaban diálogos privados, y lo hizo sin pegar el grito de alarma como habría hecho cualquier persona respetuosa del Estado de derecho.
En breve: al uribista le sobra fervor y fanatismo. Pero le falta autocrítica. Y cómo le convendría.
