En Colombia llevamos dos años viviendo en un mundo al revés, donde la incoherencia y la contradicción parecen ser la norma.
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Tenemos a un presidente que propone un Gran Acuerdo Nacional, pero al día siguiente mete en un mismo costal a todos los empresarios del país y los llama ladrones y corruptos. Ahora vuelve y propone el mismo acuerdo político, y en seguida nombra como ministro de Educación, el encargado de velar por la formación académica de la juventud, a su seguidor más insultante, agresivo y confrontacional. No, exactamente, el mensaje idóneo para lograr el famoso Acuerdo Nacional.
Tenemos a un presidente que cada día, literalmente, anuncia o propone algo incomprensible, desconcertante y preocupante, que requiere una interminable discusión nacional que dura 24 horas, hasta el próximo anuncio del día siguiente, cuando el ciclo vuelve y se repite.
Tenemos a un Jefe de Estado que se empeña en estropear lo que no está dañado, e ignora lo que se está rompiendo en pedazos. Es un mandatario que nombra como ministro del Interior a un político y le encarga, como tarea principal, sacar adelante un proyecto de reforma constitucional que ese mismo político calificó, semanas antes y sin ambigüedades, como algo innecesario y negativo para el país.
Así ha sido la vida durante este par de años, donde el crítico más feroz de los gobiernos anteriores no tolera la menor de las críticas; donde al denunciante de la corrupción estatal le incomoda que se investiguen los casos de corrupción en su gobierno; donde ese excongresista que se lució por señalar episodios turbios de familiares de otros mandatarios, le ofende que se investiguen a sus propios familiares, incluyendo a su hijo y hermano, por casos igual de turbios; donde un presidente que juró sobre mandamientos tallados en piedra que no cambiaría la Constitución, lleva meses tratando de cambiar la Constitución, y donde ese mismo gobernante, que no vaciló en destapar, con admirable valentía, ejemplos escandalosos de silencios comprados, desempolva una embajada cerrada en Italia para dársela a un escudero a fin de garantizar su silencio. Y para aplicarle otra vuelta de tuerca a la incoherencia, aquel silencio negociado es muy relativo, porque el mismo escudero ya anunció a gritos, en conversaciones interceptadas, lo que no piensa revelar.
Pero lo más paradójico de este mundo al revés en el que vivimos desde hace dos años es que se han invertido las cosas más elementales. Por eso conviene recordar ciertas verdades que deberían ser obvias pero que en la Colombia de hoy resultan sorprendentes.
Por ejemplo: investigar no es propiciar un golpe de Estado. Mostrar errores no es fascismo. Señalar incompetencia no es clasismo. Denunciar masacres no son calumnias. Exigir resultados no es de extrema derecha. Protestar que asesinos salgan libres no es de corruptos. Solicitar respeto a los altos mandos militares no es de nazis. Pedir puntualidad y cumplimiento de la agenda no es de neoliberales. Criticar la improvisación no es de mafiosos. Transportar el comercio no es de reaccionarios. Glorificar la falta de preparación y la ignorancia no es progresismo. Elogiar a Stalin no es válido. Y formular preguntas no es ejercer un periodismo Mossad.
Así han sido, en fin, estos dos años. Y a partir de ahora faltan dos más.