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El peligro de los privilegios

¿Por qué tanta gente afortunada en la vida, que goza de buena salud, riqueza material y éxito profesional, a menudo termina tan mal? Muchos no se contentan con lo que tienen y toman riesgos desmedidos, buscando placeres efímeros y desafiando los límites de la cordura o de la justicia, hasta arruinar a su empresa o naufragar en excesos del sexo, las drogas o el alcohol, y hasta en el suicidio. ¿Cuántas veces no vemos a celebridades, que en apariencia lo tenían todo, acabar en la cárcel o en el cementerio?

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Esto siempre me ha llamado la atención. Los pocos que logran lo que tantos desean (fama, dinero, éxito) con frecuencia lo terminan malgastando y concluyen en la ruina física, económica o moral. Es como si no supieran que lo esencial no es tener sino saber tener, y parecen ignorar los peligros que vienen con los privilegios, que son varios.

Entre ellos, nunca olvidar que es una cuestión de suerte. Nada más. No se trata de un destino merecido, ni de un premio de los dioses, ni de una prueba del cosmos para indicarte lo excepcional que eres. Porque no lo eres. Para nada. Nacer en un hogar con salud, bienestar y recursos es fruto del azar, pues hubiera podido ocurrir de otra manera, como sucede tanto. Más aún, una vida privilegiada puede cambiar en un parpadeo mediante una crisis de salud, una quiebra, una guerra o un cataclismo natural. Y si ese escenario parece remoto o impensable (“eso a mí no me puede pasar”), basta recorrer las salas de emergencia o los pasillos de un hospital, o mirar los incendios en los barrios más opulentos de California, o repasar el caso de Ucrania, donde empezó una guerra de conquista territorial que no se veía desde 1945.

De otro lado, conviene saber que los privilegios corrompen y los grandes privilegios corrompen grandemente. Por eso hay tanto rico avaro, egoísta o maltratante, millonarios a quienes no les importa la suerte de sus semejantes, que tratan mal al servicio y ni siquiera se molestan en dar las gracias o preguntar el nombre del mesero que los atiende en un restaurante. Son ejemplos de cómo no ser afortunado, porque si esos fulanos gozan de bienestar y riqueza, pero aun así desprecian al pobre o humillan al indefenso, sus privilegios son inmerecidos ya que, en esto, como en todo, lo que vale es la calidad humana.

Por último, si alguien ha triunfado o si tuvo la suerte de nacer en un lugar próspero y ha logrado evitar la corrupción que a menudo ronda a la gente de su condición, entonces le corresponde lo que sigue: estar a la altura de sus privilegios; es decir, pagar la deuda que estos imponen. Porque los privilegios no vienen solos: vienen con tareas y compromisos, deberes, y eso significa usar la buena estrella a favor de otros. La persona bendecida por la vida, el azar, su talento o su trabajo tiene el compromiso (incluso la obligación), más que cualquier otra, de trabajar con decencia para que otros menos favorecidos se beneficien de su suerte. La tarea de la persona afortunada, no la única pero sí la primera, es clara y no requiere mayor elaboración: consiste en ayudar a reducir el sufrimiento de otros.

Si la persona logra todo eso, podrá gozar de su suerte. Pero si falla en cualquiera de estos frentes, sus privilegios no solo serán inmerecidos sino injustificados, y ese es el mayor pecado de todos.

@JuanCarBotero

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