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El poder de la música

Juan Carlos Botero

29 de marzo de 2012 - 06:00 p. m.

En ese entonces, Jack Leroy Tueller tenía 22 años y era piloto de combate en la Segunda Guerra Mundial.

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Hoy tiene casi 90, y su voz tiene grietas pero su memoria se conserva intacta. Incluso sus ojos brillan más de lo normal cuando recuerda lo que pasó ese día, una semana después del sangriento desembarco en Omaha Beach, el 6 de junio de 1944, en el que murieron miles de sus compañeros norteamericanos.

Su escuadrón tenía una orden precisa: destruir una división de tanques alemanes, los temidos Tigres, que hacían parte del contraataque de Hitler a los aliados. Los aviones divisaron al enemigo, retumbando hacia los batallones que habían recibido tanto castigo en los días anteriores, y se alistaron para dispararles. Entonces notaron colores vivos sobre los tanques, y en seguida vieron que eran civiles: madres y niños franceses amarrados por los alemanes a los tanques para que hicieran de escudos humanos. Ninguno de los 16 aviadores disparó. Se empezaron a retirar, y Tueller se comunicó por radioteléfono con sus superiores para contarles lo sucedido. La réplica fue tajante: regresen y disparen. Esos tanques tienen que ser detenidos, aseveró el comandante. De lo contrario, le harán un daño incalculable a las tropas que retienen las playas de Normandía. Sin otra opción, los aviadores dieron media vuelta, apuntaron sus ametralladoras calibre 50, y destruyeron los tanques con los civiles indefensos. “Han pasado 65 años desde entonces”, evoca Tueller. “Pero recuerdo lo que pasó ese día, lo que les hicimos a esas personas inocentes con nuestras armas, y jamás lo olvidaré”.

El escuadrón regresó a la pista de aterrizaje en Omaha Beach, y todos estaban mudos por lo que habían tenido que hacer. Eran jóvenes, casi adolescentes, y empezaron a beber para olvidar la masacre. Todos, salvo Tueller. No bebo, dice. Prefiero la música, pues tiene los mismos efectos terapéuticos que el licor pero sin el guayabo al día siguiente. El piloto sacó su trompeta, y se alistó para tocar una canción cuando un colega lo detuvo. Todavía hay tropas hostiles a nuestro alrededor, susurró. En particular, un francotirador que nos ha ocasionado varias bajas. La música le permitirá ubicarte y te volará la cabeza de un tiro.

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Tueller pensó en qué hacer. Entonces se le ocurrió tocar una melodía que el enemigo seguro conocería: Lili Marleen, una canción popular que habla sobre el amor de un joven alemán por su prometida. Tueller empezó a tocar en la oscuridad. No se oyó un ruido en la base, salvo la música de la trompeta. Tampoco sonó ningún disparo.

A la mañana siguiente, apareció un desordenado grupo de prisioneros que se había rendido, y uno de los más jóvenes pidió, repetidas veces, conocer a quien había tocado la trompeta la noche anterior. Era el francotirador. Cuando tuvo a Tueller en frente, le confesó que lo había descubierto gracias la música, y lo había tenido en la mira todo el tiempo, pero que no había sido capaz de disparar. El prisionero empezó a llorar. Su música me hizo recordar a mi novia, a mis hermanos, a mis padres. Y no pude disparar, sollozó. Entonces Tueller se acercó y le estrechó la mano. Por una noche, al menos, la música brindó un instante de paz en una guerra atroz, y una trompeta sonó más fuerte que el fusil de un francotirador.

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