Es un gravísimo problema de mala suerte. Porque justo cuando la humanidad está enfrentando su mayor peligro existencial, y cuando más se necesita un líder dotado de enorme tacto y lucidez, de grandeza y una visión sabia e integral para saber cómo sortear esta crisis planetaria, la máxima potencia del mundo es gobernada por el peor presidente de su historia, el más corrupto e inepto, y el menos indicado.
Esto va en contra de la increíble suerte que había tenido EE. UU. a lo largo de su historia, cuando enfrentó otras crisis del pasado, como anotó Charles Krauthammer. Cuando la Guerra Civil amenazó con destruir el experimento democrático del país, de milagro apareció Lincoln. Cuando la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial pusieron a la nación contra las cuerdas, llegó Roosevelt. Cuando la anarquía de los sesenta y la crisis de armas nucleares y la de los derechos civiles llevó al país casi a explotar, triunfó Kennedy. Y cuando estalló la peor crisis económica desde la Gran Depresión, surgió Obama.
Por lo visto, hasta aquí llegó esa suerte. La IA está a punto de salirse de control y está avanzando a una velocidad de vértigo. Los sonados casos recientes, donde agentes de IA se han escapado de sus confines y han hackeado plataformas como Hugging Face, y además borraron sus huellas para ocultar la infracción, son aterradores. Varios líderes de esta tecnología están pidiendo desacelerar su desarrollo, y admiten que la IA, en distintos porcentajes de probabilidad, puede destruir a la humanidad. Uno pensaría que con sólo el 1 % de riesgo bastaría para frenarlo todo, pero algunos estiman el peligro en un 10 % y otros en un 20 %, y aun así espolean su creación, sin medir las consecuencias.
Entre tanto, ¿qué hace Trump? Califica los temores en torno a la IA como un hoax, un engaño. Es decir, el presidente de los EE. UU. no sólo no está a la altura del peligro: ni siquiera es consciente del riesgo y del tamaño de la amenaza. Por eso, al estrenar su mandato el 20 de enero de 2025, lo primero que hizo fue revocar el marco de regulación a la IA que había implementado el gobierno de Biden.
Lo peor es que esto pasó antes. Y una anécdota personal lo confirma. El 27 de febrero de 2020, yo estaba en Madrid por temas de trabajo. Para entonces se oían rumores del virus llamado COVID y del inminente cierre de aeropuertos, y se percibía temor e incertidumbre en el ambiente. Esa noche, mientras empacaba para regresar a casa, encendí la televisión y vi el discurso de Trump diciendo que el COVID era un hoax. Otra vez esa palabra. Volé al día siguiente y al poco Madrid ordenó el confinamiento. O sea, mientras retumbaba el arrasador alud del COVID, que mató a millones de personas, Trump seguía negando su existencia y su peligro.
Así lo está haciendo ahora con la IA. Y su falta de liderazgo, y su falta de sintonía con el riesgo que esta tecnología desbocada y sin regulación implica, se volverá a medir en millones de vidas perdidas. Tal vez de toda la humanidad. Así que esto está pasando en el peor momento. Justo cuando EE. UU. es gobernado por un narcisista que sólo piensa en los monumentos que se deben levantar en su gloria; cuando quizás el único monumento que se levante sea una enorme lápida que diga: “Aquí existió la especie Homo sapiens. Atentamente, Donald Trump”.