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Abelardo de la Espriella comienza con todos los retos que vienen tras un gobierno fallido como el de Gustavo Petro, incluyendo las arcas del Estado vacías, fuerzas rebeldes crecidas y desafiantes, una crisis fiscal y otra de orden público, enormes casos de corrupción que hasta ahora empezamos a dimensionar, una política energética suicida, la salud pública destruida y, para rematar, las secuelas de uno de los peores terremotos de nuestra historia, con un número de muertos desconocido.
Por eso no me explico para qué agregar a semejante panorama errores innecesarios de parte del presidente y su equipo de gobierno.
Porque, seamos honestos, la falta del empalme con Petro fue un error, y sus efectos se vieron en el terremoto. Trasladar la posesión presidencial a Cali fue una pesadilla logística. Así como mover la sede del ejecutivo a Barranquilla, improvisando oficinas y sufriendo dificultades de acceso a ministerios, como también lo demostró el terremoto. Si el gobierno dice que el anterior lo dejó sin recursos, ¿tienen sentido tantos gastos superfluos, existiendo oficinas y palacios disponibles?
Además, varios nombramientos del gobierno son preocupantes. Paola Holguín, ministra de Cultura, es una mujer de ultraderecha cuya única experiencia en las artes es su Ley del Carriel. Viviane Morales, ministra de Educación, impartirá una orientación religiosa a la educación pública, cuando el nuestro es un Estado laico. Carlos Alonso Lucio, con su pasado turbio como pocos, ¿es el faro moral del gobierno? ¿La exesposa del presidente será la superintendente delegada de notariado? Tras cuatro años de malos nombramientos en la mayor empresa del país, Ecopetrol, y con tanta gente idónea disponible, ¿postulan a Joaquín Gutiérrez, cuestionado y sin experiencia para un cargo tan complejo?
Todos estos son errores inexplicables. Y gratuitos.
No sólo eso. La faceta religiosa del gobierno riñe con una democracia moderna. Es regresar a una mentalidad arcaica e intolerante. La sola imagen del gabinete de Abelardo, antes de asumir la presidencia, rezando a Dios con varios funcionarios postrados de rodillas, produce escalofríos. Luego, proclamar que el terremoto con sus muertos fue una decisión de Dios para que se estrenara el gobierno delata un peligroso ego colosal, y eso ya lo sufrimos con Gustavo Petro.
En efecto, la vanidad del presidente es su punto débil. Su cuenta de Instagram se llama “De la Espriella Style”. Y así se vio al informar de las primeras víctimas del terremoto, apareciendo en tarima como una reina de belleza, lanzando besos y haciendo saludos alegres con la mano, insensible a la gravedad del momento. A menudo, Abelardo no parece un estadista sino un improvisador que busca lucirse.
Todo esto para no hablar de muchos otros errores, como rechazar a rescatistas extranjeros por venir de gobiernos de izquierda. Y ordenar la deportación de inmigrantes irregulares, así no sean criminales, y autorizar operaciones militares con Estados Unidos en tierra colombiana.
Presidente, ya pasó la campaña y es hora de gobernar en serio. ¿Hasta cuándo lo veremos haciendo el saludo militar, hablando de tigres y manadas, gritando ¡Firmes por la patria! y lanzando un violento gesto de la mano como un karatazo? Insisto: ya pasó la campaña y es hora de gobernar bien. Y en serio.
