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Gracias, Mario Vargas Llosa

Juan Carlos Botero

04 de enero de 2024 - 09:05 p. m.

El mundo queda más triste y vacío ahora que Mario Vargas Llosa no volverá a enriquecernos con sus textos. Tengo una deuda impagable con este maestro, por lo grande y lo profunda, y ante todo por lo larga, pues llevo años aprendiendo y gozando con sus cuentos, novelas y ensayos, desde que empecé a escribir, en verdad. Por eso quiero aprovechar la oportunidad para darle las gracias a este autor colosal. Las gracias más hondas y sinceras.

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Es difícil de explicar lo que significó para nosotros, los escritores de mi generación, la existencia del boom latinoamericano. Dimos los primeros pasos leyendo a este formidable grupo de autores extraordinarios, quienes escribían libros frescos y audaces, dispuestos a renovar las formas y las posibilidades de la novela. Pero, más que cualquier otra cosa, que escribían sobre nuestras mismas realidades. Tierras y ciudades identificables, y dramas y conflictos similares a los nuestros. Herederos de los grandes maestros de la novela como Flaubert, Joyce, Kafka, Virginia Woolf, Hemingway y William Faulkner, los autores del boom nos mostraron el camino y nos enseñaron el arte de escribir, en particular el arte de escribir novelas.

Entre todas estas plumas enormes Vargas Llosa ocupó un lugar estelar. Cada uno de nosotros tenía su lista de novelas preferidas (para mí La ciudad y los perros, La guerra del fin del mundo y La fiesta del Chivo fueron las más cautivantes), pero lo que me marcó para siempre fueron sus ensayos literarios.

Yo estudié Literatura en la universidad, pero ningún profesor tuvo un genio comparable al de Vargas Llosa y ninguno tuvo la capacidad de explicarnos, como lo hizo este novelista peruano, los aspectos más valiosos de nuestra profesión. Vargas Llosa nos llevó de la mano y nos reveló el proceso de gestación de Cien años de soledad en Historia de un deicidio. Y nos explicó, con una prosa elegante y eficaz, por qué Flaubert había sido el primer novelista moderno. En ese libro genial, La orgía perpetua, vimos cómo surgió el monólogo interior, una de las mayores conquistas de la novela moderna, que alcanzó sus cimas con Joyce y Faulkner, pero que empezó con Flaubert en Madame Bovary. Y eran tales mi asombro y admiración, que yo no sólo tomaba apuntes y subrayaba las frases claves del peruano, sino que incluso reescribía, al margen de la página, esas mismas frases, letra por letra, sólo por el placer de transcribir aquellas palabras que expresaban a la perfección una idea o redondeaban un concepto esclarecedor o articulaban un pensamiento brillante.

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Luego vino La verdad de las mentiras, y aquí, otra vez, Vargas Llosa nos enseñó lo que todo joven novelista tiene que saber, el mantra de nuestra religión: cuáles fueron los aportes y por qué fueron tan importantes las mejores novelas del siglo XX. Estudiar ese libro era más útil y provechoso que cualquier cátedra en la universidad. Y así lo siguió haciendo Vargas Llosa a lo largo de su carrera, enseñándonos la importancia de Victor Hugo, de Borges, de Onetti y de tantos más.

En fin, por todo esto y por muchísimo más es que tengo una deuda imposible de pagar, y sé que nunca me alcanzarán los días ni las palabras para decirle, de manera satisfactoria, lo que siempre le quise decir a Mario Vargas Llosa: gracias, Maestro. Gracias, de todo corazón.

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@JuanCarBotero

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