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¿Importa la belleza?

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Juan Carlos Botero
10 de octubre de 2014 - 03:38 a. m.
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Si le hubieras preguntado a una persona educada, entre 1750 y 1930, cuál es el objetivo del arte, de la poesía o de la música, opina el filósofo Roger Scruton, esa persona habría respondido: la belleza.

Y si hubieras preguntado por el sentido de esa belleza, habrías escuchado que la belleza es un valor en sí mismo, igual de importante a la bondad o la verdad. Sin embargo, en el siglo XX la belleza dejó de ser importante, y el arte buscó inquietar y desafiar los cimientos de la moral. La meta ahora era la originalidad, y esto llevó a un culto de la fealdad. Y no sólo en el arte. En la arquitectura y en el lenguaje también, como si la belleza y el buen gusto no tuvieran cabida en nuestra existencia. Hemos perdido la belleza, concluye Scruton, y, con ella, el sentido de la vida.

Así comienza uno de los mejores documentales de este inglés: ¿Por qué la belleza importa? Y debería ser material obligado para toda persona interesada en la salud de las artes plásticas. Autor de más de 30 libros, este pensador es uno de los más lúcidos y valientes de la estética contemporánea.

Durante más de 2.000 años, nos recuerda Scruton, desde los antiguos griegos, la belleza era un concepto central en la cultura occidental. Los artistas del pasado sabían que la vida está llena de caos y sufrimiento, pero a la vez sabían que existía un remedio para aliviar y brindar consuelo, que enaltecía el espíritu y afirmaba el valor de la vida: la belleza de la obra de arte. En la modernidad, en cambio, empezando con Marcel Duchamp, el artista ya no aspira a redimir la vida mediante una pieza original, y de ahí su famoso orinal con una firma ficticia: R. Mutt. Era una burla al mundo artístico. Pero el resultado fue a su vez otro: el readymade, la idea de que cualquier cosa puede ser una obra de arte.

Eso incluye, por supuesto, una luz que se prende y se apaga (Creed, 2000), una lata de excremento (Manzoni, 1961) y una fila de ladrillos (Andre, 1966). El arte pierde entonces su dignidad, y si el mundo carece de sentido, el arte debe reflejar ese caos y su falta de belleza. Lo único que vale, hoy en día, es el concepto, no la creación plástica. El error de esa teoría, opina Scruton, es que olvida que el gran arte del pasado estaba lleno de ideas, mucho más complejas y refinadas que las ocurrencias de hoy, y ahora cualquiera puede ser un artista. Ya no se necesita talento, creatividad ni buen gusto. El arte se reduce a un chiste. Pero un chiste malo, porque lo que asombra una vez, si no está dotado de calidad estética, aburre en su repetición.

Scruton nos desea persuadir que la belleza importa, “que es una necesidad universal del ser humano, y que sin la belleza vivimos en un desierto espiritual”. La verdadera obra de arte supera lo banal y transforma lo feo en lo bello, mientras que la obra de arte fallida sólo refleja la banalidad y la fealdad, sin llegar a redimirlas. No hay trascendencia. Un par de zapatos viejos pintados por Van Gogh es una bella obra de arte; una sátira del cuadro de Van Gogh es apenas algo feo. En suma: no sólo somos animales con apetitos y urgencias. Somos seres espirituales, capaces de sentir el éxtasis, amar al otro, admirar la belleza, reverenciar lo sagrado y aspirar a lo eterno. ¿Un pensamiento anticuado? Hoy, es más bien revolucionario.

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