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La culpa no es de Homero

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Juan Carlos Botero
04 de septiembre de 2009 - 03:29 a. m.
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EL EJERCICIO DE LA LECTURA ESTÁ amenazado en serio, y otras actividades se disputan a muerte la atención de los lectores.

Algunos, incluso, piensan que esa batalla está perdida. Ante el asalto de tantos medios en esta era digital, incluyendo la televisión, la internet, la radio, las revistas, las películas y el milagro de la música portátil, varios colegios en Estados Unidos, con tal de que sus estudiantes lean, están renunciando a las lecturas obligatorias para que los jóvenes, en cambio, lean lo que les plazca.

Se trata de un nuevo método de enseñanza y cada vez es más popular. En teoría suena perfecto. El método que se aplicó durante décadas era que en las clases de literatura los alumnos leían la misma obra (una novela de importancia indiscutible, un texto clásico que figuraba en el plan de estudio nacional) para luego analizarla en el salón y tratar, entre todos, de desentrañar sus secretos de contenido y forma. Así, se creaba una cultura literaria compartida, una base intelectual de nivel elevado, y los jóvenes descubrían libros de gran calidad estética, unos más complejos que otros, y debatían sus temas y respondían a las preguntas que surgían sobre la vida, la muerte, el amor y el misterio de la existencia.

Sin embargo, los defensores del nuevo método (llamado Taller de lectura), opinan que en ese sistema anterior muchos estudiantes se aburrían con las lecturas asignadas o simplemente no las entendían. Por eso, es mejor que los jóvenes escojan los títulos que quieran, pero dentro de ciertos parámetros. No se permite la literatura basura, por ejemplo, y los maestros deben recomendar otros libros de valor. Los alumnos, entonces, leen lo que realmente desean, gozan leyendo, descubren textos nuevos y, casi sin darse cuenta, se vuelven auténticos lectores. Lo más importante es que lean, que adquieran la pasión por la lectura, y luego, más adelante, armados con ese hábito esencial, quizá leerán los clásicos. Este nuevo esquema, resume The New York Times, busca “revolucionar la manera en que se estudia la literatura”.

Hay algo de válido en esta teoría. Lo hemos vivido todos en el colegio: leer los clásicos antes de tiempo es un error, pues es la forma más segura de vacunar a los jóvenes en contra de la lectura. Pero lo malo del nuevo método es que ningún escolar volverá a leer un clásico. Nadie escogerá La odisea si puede leer Harry Potter. La calidad literaria será relegada por lo que está de moda, desaparecerán las bases de una cultura literaria compartida y de alto nivel, y la sociedad se volverá más superficial. Una mala solución no resuelve un problema; lo empeora. Porque la gran literatura cumple una función esencial y más cuando el mundo parece dominado por un insaciable deseo de diversión: es el mejor antídoto contra la banalización cultural. Además, si los jóvenes se aburren con esos textos o no los entienden, pues esa es la tarea del maestro: iluminar a sus estudiantes y hacer sus clases fascinantes. La disculpa es cómoda pero falsa, porque los libros clásicos no son aburridos. Son clásicos justamente por lo contrario. Porque se enfrentan a cada generación y siempre deslumbran a los lectores. Seamos claros: si La odisea aburre, la culpa no es de Homero.

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