El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

La derecha y la izquierda no aprenden

Juan Carlos Botero

05 de junio de 2026 - 12:05 a. m.
“¿Conclusión? A veces los pueblos se equivocan": Juan Carlos Botero
Foto: El Espectador
PUBLICIDAD

Las ruinas son fértiles en una sola cosa: enseñanzas. Y el desenlace de la primera vuelta electoral ofrece varias. Lástima que ni la derecha ni la izquierda las van a aprender, porque las dos son inmunes a la autocrítica.

Lo he dicho antes: un grave problema de Colombia es el contraste que existe entre la enormidad de nuestros problemas y la pequeñez de nuestros dirigentes. La grandeza del líder se mide en los momentos críticos, y en la noche del domingo ninguno de los finalistas pasó la prueba, porque ambos demostraron una desalentadora falta de grandeza. Es claro que ni el uno ni el otro aspira a unir al país. Al contrario: aspiran a dividirlo aún más, tildando a los demás de enemigos.

Pésimo escenario para el que deba gobernar a todos los colombianos. Y lo peor es que ya lo vivimos. Gustavo Petro se caracterizó por eso: sembrar odio, inflamar divisiones, fomentar la polarización y la visión caricaturesca del opositor. ¿Resultado? Un país envenenado. Pero en vez de aprender la lección para corregir esta actitud incendiaria, los dos candidatos están empeñados en agudizarla. Cada extremo representa una franja demasiado estrecha del país, y cualquiera que sea elegido no tendrá un mandato claro. Ganar la mayoría bastará para llegar al poder. No para gobernar el país.

La derecha colombiana no aprende. Es tal su Petromiedo que apoya a quien sea con tal de que prometa mano dura. No importa si es un mal candidato varias veces derrotado, como Óscar Iván Zuluaga, o que sea un admirador de Hitler, como Rodolfo Hernández, o que tenga visos fascistas con cero experiencia política y de manejo del Estado, como Abelardo de la Espriella. Si ofrece plomo y orden, la derecha marcha detrás del candidato, feliz y cantando, directo al abismo.

No hay de qué preocuparse, nos intentan tranquilizar. Se rodeará bien. Pero olvidan las lecciones más recientes de la historia. Petro se rodeó bien al inicio de su gobierno y miren lo que pasó. Rodearse bien no es una garantía, y apoyar a un candidato de moral dudosa, que nunca se ha fogueado en la administración pública, que no sabe lograr acuerdos con el Congreso ni con sectores rivales del país, es un salto al vacío. Les fascina la figura del outsider, cuando esta siempre fracasa, y no les importa apostarle a la improvisación. Y así nos va.

La izquierda no se queda atrás. Iván Cepeda defiende tesis estatistas y obsoletas. Promueve la iniciativa suicida de una Reforma Constitucional para eliminar los contrapesos del Estado que tanto irritan a Petro. Promete una revolución ética, pero no dice una sílaba sobre todos los casos de corrupción de este gobierno; puso en duda el resultado electoral; hace eventos masivos de campaña cuando la ley lo prohíbe, y acepta que el presidente participe en política a su favor cuando la ley también lo prohíbe. Su revolución ética es una farsa.

Cepeda y Abelardo son iliberales y lo vimos el domingo. Igual a Petro, que concluye su mandato mostrando lo peor de su esencia. Él, que defendió las elecciones en Venezuela, cuestiona el proceso electoral de su propio país. El mismo proceso que le permitió llegar a la presidencia de la República. Pésimo presidente. Pésimo perdedor.

Lo triste es que había grandes candidatos para escoger en esta elección.

¿Conclusión? A veces los pueblos se equivocan.

@JuanCarBotero

Conoce más
Ver todas las noticias
Read more!
Read more!
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.