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La trampa del terrorismo

Juan Carlos Botero

26 de octubre de 2023 - 09:05 p. m.

En 21 lecciones para el siglo XXI, Yuval Noah Harari explica la trampa del terrorismo.

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Los grupos que acuden al terrorismo, señala el profesor e historiador israelí, son marginales, pequeños y débiles. No cuentan con el arsenal de una gran nación, ni con un ejército comparable al de sus enemigos. Saben que las cartas están en su contra y por eso lanzan ataques violentos que producen una enorme resonancia mundial. Y esa resonancia desproporcionada es, justamente, su objetivo.

Luego del ataque, mientras la gente llora a sus muertos y se pregunta cómo su gobierno permitió la destrucción de las torres, la matanza en el mercado, la bomba en la calle, el asalto en el tren o la masacre en el concierto, ese mismo gobierno se ve forzado a reaccionar. Y eso obliga a barajar el naipe y a repartir las cartas de nuevo, y quizás esta vez al grupo terrorista le sale un as. A eso aspira.

Y aspira a algo más. Que la nación víctima del ataque no sólo reaccione sino que sobrerreaccione. La población, dolida, estremecida y enardecida, exige acción inmediata y feroz de parte de sus líderes. Retribución. Venganza. Justicia. Sin duda, lo inteligente sería hacer lo contrario, dice Harari. No sobrerreaccionar. Hacer un trabajo serio y prudente de inteligencia militar. Utilizar los organismos secretos del Estado para hallar a los culpables del ataque y eliminarlos o llevarlos a las cortes. Pero esos mismos líderes saben que esas acciones secretas no calmarán a la población cuyas heridas están en carne viva. Porque aquí prevalece la presión política. Entonces el Estado reacciona y aplica un uso de fuerza excesivo. Y en ese momento pisa la trampa del terrorismo.

Porque la víctima pasa a ser victimario. Aun si no se discute la atrocidad del ataque inicial, al sobrerreaccionar el país pierde apoyo mundial y legitimidad. Y pasa a ser culpable, también, de crímenes atroces. Muchas veces peores, inclusive, que los del mismo grupo terrorista.

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Así pasó tras el 9/11. La encuesta mundial que se hizo justo después del ataque en Manhattan reflejó un claro apoyo mundial a favor de EE. UU. Incluso en el Medio Oriente. Pero George W. Bush sobrerreaccionó. En vez de dedicarse a capturar a Osama bin Laden y a desmantelar el grupo terrorista Al Qaeda, Bush desató dos guerras innecesarias. Destruyó el relativo equilibrio que prevalecía en la región. Se filtraron los horrores de la cárcel de Abu Ghraib. La invasión a Irak fue un desastre militar, económico y político, que causó miles de muertos. En la siguiente encuesta el mundo estaba en contra de EE. UU. Y en ese momento los terroristas celebraron, porque habían logrado su objetivo. ¿Ven?, dijeron. EE. UU. es el gran Satán. Y sus acciones lo confirman.

Este es el dilema actual de Israel. Hamás lanzó el peor ataque contra el pueblo judío después del Holocausto, un atentado cobarde y sangriento que carece de justificación alguna y merece una condena mundial sin matices. Pero al pisar la trampa del terrorismo Israel está sobrerreaccionando, causando también un sufrimiento inmenso en la Franja de Gaza, donde casi la mitad de la población son niños. Y ya se oyen los hurras de Hamás. Porque esa es la estrategia del terrorismo: poner la trampa, esperar que el enemigo la pise y luego celebrar sin que importe la edad, patria o religión de los cadáveres.

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@JuanCarBotero

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