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Las amistades perdidas

Juan Carlos Botero

14 de mayo de 2009 - 09:18 p. m.

LE DEBO A PEDRO SUREDA (UN GRAN editor y un gran amigo) muchas cosas, entre ellas varias frases memorables, porque él se toma el trabajo de escoger sus citas preferidas y luego las comparte con sus amigos para que todos las disfruten.

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La última que nos envió es de Kundera: “La llaga más dolorosa es la que dejan las amistades rotas; y nada más idiota que sacrificar una amistad por la política”.

 Estas palabras me recordaron las famosas disputas que se han dado entre antiguos compañeros a lo largo de la historia. Entre los escritores, por supuesto, una de las más célebres es la que surgió entre García Márquez y Vargas Llosa, luego de la trompada en Buenos Aires en la que, dicen, el peruano derribó al futuro Premio Nobel al suelo. Ninguno de los dos la ha ventilado en público, y ambos se han limitado a decir que el motivo de su discordia son diferencias políticas. Una lástima, en cualquier caso, porque esa amistad, mientras duró, se tradujo en varios textos magistrales, especialmente de parte de Vargas Llosa.

Otra fricción más famosa todavía y bastante más fructífera, se dio entre Aristóteles y Platón. Como bien se sabe, Aristóteles ingresó en la academia de Platón a los 17 años, y luego salió para fundar su Lyceum. Su filosofía evolucionó en el sentido opuesto a la de su maestro, y por esa razón, en el inmenso fresco de Rafael, La escuela de Atenas, en el Vaticano, Platón señala hacia arriba (el cielo, donde yace el mundo de las ideas y las formas perfectas), mientras Aristóteles señala hacia abajo, la Tierra, en donde para él se encuentra la realidad. ¿Qué llevó al discípulo a distanciarse de su maestro? Se le atribuye a Aristóteles esta respuesta: “Soy amigo de Platón, pero soy más amigo de la verdad”.

Otra disputa histórica entre colegas ocurrió, precisamente, entre Rafael y Miguel Ángel. Ambos trabajaban al tiempo en el Vaticano bajo órdenes del papa Julio  II, y no disimulaban su desprecio recíproco. Se insultaban a menudo, y no podían ser más distintos: Rafael, joven y elegante, seguido de admiradores, y Miguel Ángel, hosco y solitario, a quien la higiene le tenía sin cuidado. El famoso artista no se bañaba casi nunca y dormía con las botas puestas, y cuando se las quitaba, luego de varias semanas, se arrancaba trozos de piel. Sin embargo, cuando por fin Rafael contempló los frescos de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, se inclinó ante la maestría y tuvo un gesto de grandeza, pues le rindió un homenaje a su rival: incorporó su semblante en la figura de Heráclito, tendido en los escalones, en su gran mural de los filósofos.

 Sin duda, las disputas entre amigos, debido a la política o a cualquier otro motivo, pueden ser fecundas para la sociedad. La discordia entre los palentólogos Edward Drinker Cope y Othoniel Charles Marsh, quienes habían sido grandes amigos, los llevó a competir para ver quién descubría más especies de dinosaurios. Los dos elevaron el número de 9 a 150 en pocos años, y escribieron miles de textos de gran valor científico. No obstante, Kundera tiene razón en lo importante: la amistad es sagrada, y perder un amigo se lamenta para siempre, porque un amigo es el hermano que uno escoge libremente, y de esos nunca hay suficientes.

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