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Legado de fracasos y precedentes

Juan Carlos Botero

03 de septiembre de 2021 - 12:30 a. m.

Cuesta creerlo, pero al cabo de tres largos años de gobierno es difícil resaltar un solo acierto del presidente Duque.

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Al contrario, lo que más se aprecia es una deplorable estela de fracasos. El primero, sin duda, fue la actitud cobarde frente al proceso de paz, como lo he dicho antes, ya fuera para apoyarlo y concluirlo del todo o para sepultarlo de una vez y para siempre. Pero los fracasos son muchos más. Por ejemplo, la recuperación de San Andrés y Providencia, después del huracán Iota y la deshonesta promesa de reconstruir en 100 días, es una vergüenza. El manejo de la pandemia, según el Lowy Institute, fue uno de los peores del mundo. Sus ministros se han caracterizado por la mediocridad, con figuras anodinas e ineficientes, y los que han sobresalido ha sido por razones negativas. La vacunación al comienzo fue infame, casi inexistente, y aunque después mejoró algo, vimos al ministro de Salud, cual curandero de pueblo, afirmar que la segunda dosis de una vacuna se podría aplicar tres meses después, y la segunda dosis de otra, 84 días después; ambas frases contrarias a lo ordenado por las mismas farmacéuticas. ¿Se imaginan que eso lo dijera el doctor Fauci en EE. UU. o el ministro de Salud de un país serio como Alemania?

De otro lado, el manejo de las marchas fue criminal, con cientos de desaparecidos, y de esa calamidad quedó la imagen del presidente, en el país, como un débil, y en el extranjero, como un represor. Duque toleró la intromisión en la política interna de EE. UU., que fue de una torpeza colosal y de consecuencias nefastas. Se han multiplicado las matanzas de líderes sindicales, ambientalistas y defensores de los derechos humanos, y el orden público está deteriorado, a tal punto que el gobernador de Magdalena, Carlos Caicedo, huyó del país por amenazas. Hay una crisis de transparencia en los organismos de control del Estado y se han debilitado los contrapesos de vigilancia cruciales en una democracia. A pesar de todos sus discursos condenando la corrupción, Duque aún no ha despedido a su ministra Abudinen, aunque se hayan esfumado $70.000 millones bajo su mando. Para rematar, el presidente tuvo la insensibilidad de nombrar a Alberto Carrasquilla, autor de la reforma tributaria más desatinada de nuestro tiempo, como codirector del Banco de la República, lo que constituye una ofensa imperdonable contra el pueblo colombiano. El peso devaluado, el Gobierno al garete y mucho, muchísimo más.

Pero lo grave no es sólo esta lista, tristemente incompleta, de fracasos. Lo grave son los precedentes que se han creado. Porque el día de mañana, cuando suba al poder una figura populista y autoritaria, ya sea de derecha o de izquierda, tendrá todos los antecedentes para actuar a su antojo. ¿Volver a instaurar la reelección y perpetuarse en el poder? Ningún problema: eso ya lo hizo Uribe. ¿Nombrar amigos en los organismos de control? Ningún problema: eso ya lo hizo Duque. ¿Proteger a ministros culpables de negligencias o actos de corrupción? Ningún problema: ya lo hizo este presidente. Y los precedentes también son muchos, muchísimos más.

Es decir, lo grave no son sólo los fracasos de la actualidad. Es el daño que vendrá en el futuro. En ese momento Iván Duque será visto como uno de nuestros peores presidentes. Y eso es mucho decir.

@JuanCarBotero

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