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LA TARDE ANTERIOR EL PILOTO CHUCK Yeager se había quebrado una costilla montando a caballo. Aun así, llegó puntual a la cita con los oficiales de la Fuerza Aérea en la base Edwards, en el desierto de California.
Más de 15 pilotos habían intentado lo que él se proponía: romper la barrera del sonido, pero todos habían muerto en el intento, pues los aviones explotaban en el aire antes de alcanzar la increíble velocidad de Mach 1. El riesgo era tan serio, que las esposas de los pilotos habían asistido a más entierros que sus compañeras del colegio habían asistido a fiestas. Entre los aviadores se decía que la barrera del sonido era como una pared en el cielo y tratar de atravesarla era un acto suicida.
Sin embargo, el gobierno estaba decidido a fabricar el avión que superara los 1.000 km/h. Al acercarse a esa velocidad ocurría un fenómeno singular: desprovista del indicado diseño supersónico, la nave no lograba apartar el aire, entonces éste se comprimía hasta conformar una pared y en seguida el avión se pulverizaba en pleno vuelo. Por eso, los agentes del gobierno llegaban a la remota base aérea ofreciendo sumas exorbitantes a los pilotos, para persuadirlos de que ensayaran las naves con los últimos diseños. Cuando le hicieron la propuesta a Yeager con el avión experimental Bell X-1, él sólo preguntó a qué hora debía estar y en dónde, y hasta rechazó la oferta de dinero, pues, según dijo, su sueldo de 200 dólares al mes que le pagaba la Fuerza Aérea era más que suficiente.
Así, a la luz del alba, y a pesar del dolor en su costado derecho, Yeager revisó la aeronave Glamorous Glennis, bautizada en honor a su esposa. Antes de subir al avión principal, un B-29 de cuatro motores que llevaba la nave experimental sujeta a la barriga, el piloto partió una escoba y escondió el palo en su chaqueta. Minutos después, mientras volaban a 13.000 metros de altura, Yeager se despidió de sus colegas, bajó por la escalerilla y se introdujo por la compuerta hasta acomodarse en el puesto de mando de la nave; usando el palo de escoba como una palanca, con trabajo cerró la portezuela. En seguida dio la orden y soltaron la nave. El aparato planeó en silencio durante unos segundos; Yeager encendió los motores y la propulsión de los cohetes lo sembró contra la silla con tal fuerza que sus manos no podían tomar los controles. Por fin lo hizo, enderezó la nave y la aguja del velocímetro empezó a ascender hacia la cifra fatal. Entonces el fuselaje comenzó a temblar, reventaron los cristales de los instrumentos y en tierra todos escucharon un trueno como el de una nave al estrellarse contra el mundo. Lo dieron por muerto. Era 14 de octubre de 1947, y por primera vez se oía la detonación de un avión al romper la barrera del sonido. En fin, sólo cuando resurgió la voz de Yeager en los parlantes, supieron que estaba vivo.
Este es un momento decisivo. El instante límite cuando el hombre se encuentra en una situación vertiginosa y sale a relucir la médula de su alma. Entonces la persona sabe para siempre quién es y en aquellos segundos sobresale su auténtica personalidad.
Siempre me han intrigado esos momentos decisivos, y más en un país como Colombia. Porque cada vez que un médico atiende la fila de dolientes en un hospital sin recursos; y cada vez que un policía rechaza el soborno del mafioso; y cada vez que un soldado mutilado por el horror de la guerrilla habla bien de su país, es un momento decisivo que constituye una prueba de heroísmo. Y es gracias a esas pruebas, a la tarea humilde pero valiente de esos seres anónimos, que el país avanza, a pesar de todo.
