Ahora que la derecha ha vuelto a triunfar en las urnas, y el presidente electo se prepara para tomar las riendas de la nación, conviene recordar dos o tres cosas que el nuevo gabinete y sus millones de seguidores deben saber para que el próximo gobierno sea, a diferencia del que termina, exitoso.
La firmeza no es sinónimo de violencia, y no se puede confundir la defensa de los principios propios con el desprecio a los principios ajenos. Tampoco se puede emparejar el regreso del orden público con el anuncio de lluvias de sangre. Porque no es lo mismo actuar con valor y decisión que destripar al adversario y eliminar a quien piensa distinto. Ni es lo mismo poner la casa en orden que abrirla a unos y cerrarla a otros, e impedir que cada colombiano tenga la oportunidad de vivir en esta misma casa compartida. El triunfo electoral de un sector le da derecho de ejercer el poder durante cuatro años, pero no de usar ese poder para someter o erradicar a los sectores que no comparten sus políticas o ideología. La alternancia del poder no se puede convertir en una alternancia de intolerancias y violencias, porque no existen unas buenas y otras malas, y menos cuando la mayor parte de quienes las padecen siempre son las personas más vulnerables e indefensas del país.
Se puede ser firme y a la vez generoso. Y se puede defender un principio mientras se respetan los demás, y se puede tender la mano sin que tiemble la muñeca. Se puede reconocer a la otra mitad del país, la que sufrió la derrota electoral, y aceptar que ella también está compuesta de compatriotas legítimos que defienden ideas distintas y banderas alternas, y no por ello son enemigos que hay que reprimir o destruir. Porque, ¿cómo hace una mitad del país para eliminar a la otra?
Estamos forzados a la convivencia, y sin duda hay que enderezar rumbos, virar el timón para apartarnos de la dirección equivocada a la que nos ha llevado Gustavo Petro con sus peroratas incoherentes, sus trinos eternos e incomprensibles, sus propuestas populistas y obsoletas, y sus experimentos de improvisación que tanto mal le han hecho al país.
Lo he dicho antes: el gobierno que termina es una suma de fracasos. En todos los frentes de la vida nacional la conclusión es la misma: el famoso cambio prometido quedó en veremos. Y peor aún, fue apenas el pretexto para la corrupción y la ineptitud. Envuelto en la bandera del pueblo y la promesa del cambio, lo único que hizo Petro durante cuatro años fue daño y como expresidente será todavía peor. Y no sólo lo digo yo. Cada vez suenan más voces decepcionadas dentro del petrismo, asqueadas con la corrupción y negándose a tapar el sol con los dedos.
Todo eso hay que cambiarlo y corregirlo con urgencia. Llevo cuatro años diciéndolo. Pero el país no necesita otro rumbo equivocado y menos uno violento, como lo hemos sufrido en Colombia durante siglos. No confundan edificar un país con honradez y firmeza con sucumbir otra vez en el horror y en los baños de sangre.
Colombia ha sido una fábrica de viudas y huérfanos. Eso es lo que hay que dejar atrás. Por ello es importante que el gobierno que entra renuncie a su discurso de agresión y descalificación. Ganó las elecciones para construir el futuro. No destruir el presente. Y menos para regresar a un pasado de exclusión y violencia.