Este es el ocaso del gobierno de Gustavo Petro, y ya se vislumbra una pregunta obligatoria: ¿cuál va a ser el papel de Petro como expresidente?
La respuesta depende de dos factores. Uno, qué se piensa sobre Petro como presidente. Y dos, quien gane las elecciones.
Después de cuatro largos años, es claro que Petro no se va a jubilar al salir del cargo, ni se piensa desvanecer en el horizonte, asumiendo un papel discreto y prudente. Petro tendrá 66 años al concluir su mandato, y basado en lo que sabemos del jefe de Estado, de su temperamento pendenciero y de su propensión a opinar sobre todo y a toda hora sin medir las consecuencias de sus propias palabras, es probable que Petro sea un expresidente tan activo e influyente como Álvaro Uribe. Y eso, como se ha visto con el mismo Uribe, no conviene.
Sin embargo, si la persona piensa que Gustavo Petro fue un líder ejemplar, le dará bienvenida a ese papel y verá con agrado que el exmandatario opine e intervenga en toda clase de asuntos de relevancia local y mundial, que rechace un papel modesto y moderado.
No es mi caso. Pienso que este gobierno ha sido una suma de fracasos. Fracasó la Paz Total, y de ahí el aumento de la insurgencia y el deterioro de la seguridad y del orden público. Fracasó su política energética, que siempre fue absurda, pues renunciamos a nuestras propias fuentes de energía sin tener con qué reemplazarlas, y ahora hay que importarlas. Fracasó su reforma de la salud, porque destruyó lo que funcionaba y lo sustituyó por el caos, y hoy el pueblo colombiano carece de medicamentos. Fracasó su manejo financiero, y la prueba es esta crisis fiscal sin fondo. Y fracasó su política para erradicar la corrupción, empezando con los escándalos de sus asesores y de su propia familia. Por eso creo que Petro, como expresidente, será funesto: una prolongación de los defectos de su presidencia. Con un agravante: es probable que él asuma una actitud vengativa al dejar el cargo, y utilice su poder para ajustar cuentas con sus enemigos.
No obstante, su papel exacto dependerá de quién gane las elecciones. Si gana Iván Cepeda, podemos imaginar a Petro como expresidente en plan de cómplice, ayudando a reformar la Constitución mediante una asamblea constituyente (como dije en mi columna pasada), dispuestos a cambiar las reglas de juego del Estado para resucitar la reelección en el 2030, y asestarle un golpe mortal a nuestra democracia.
Si gana la derecha o el centro derecha, podemos imaginar al Petro expresidente en plan agitador. Marchas y protestas diarias. El regreso de la primera línea. Mayor polarización. Discursos incendiarios y movilización de bases para entorpecer la acción del gobierno. Una interferencia peligrosa y nociva.
Por eso sospecho que tendremos a Petro para rato, gane quien gane la contienda electoral. Y dudo que sea para ejercer un papel inofensivo o conciliador.
Cuando George W. Bush dejó la Casa Blanca, le preguntaron cuál iba a ser su actitud frente a Barack Obama. Bush respondió: “El presidente Obama se merece mi silencio”. Así fue. Durante ambos períodos de Obama, Bush respetó a su sucesor y no opinó ni interfirió en las decisiones del gobierno. Así debería obrar todo expresidente. Por desgracia, en Colombia sucede lo contrario. Y me temo que será todavía peor con Gustavo Petro.