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Presidente, las palabras importan

Juan Carlos Botero

23 de mayo de 2025 - 12:05 a. m.

Nuestra sociedad está desgarrada por el odio.

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Años, décadas y siglos de exclusión, racismo, violencias, pobreza, injusticias y una de las mayores desigualdades del continente han creado una nación de seres suspicaces, que nos miramos los unos a los otros de reojo y, lo que es peor: como enemigos.

No nos engañemos: esa es nuestra realidad. La polarización exacerbada, que tiene al país dividido en dos, impide que avancemos como nación hacia un mismo puerto. Porque, lo queramos o no, estamos todos metidos en la misma barca llamada Colombia. Y si entre todos no trazamos un rumbo certero y cada grupo, facción y partido tira para su lado, no hay nave que aguante y los escollos ya se perciben en la distancia. Recordemos la lección más valiosa que imparte la Historia: al igual que las personas, las naciones también se pueden suicidar. Imperios y países más sólidos que nuestra parcela de tierra se han destruido por sus errores, como el Imperio romano y Alemania en 1933. Y aquí algo similar no es inconcebible.

Lo urgente, entonces, es la reconciliación nacional, y nos incumbe a todos. Porque una democracia es un pacto colectivo para navegar, en medio de tormentas y de la riqueza de voces diversas, hacia un mismo horizonte. Y por eso, en este contexto, no ayuda que el Jefe de Estado, desde la tarima de la rama ejecutiva, fomente el odio tildando a gran parte del país de asesinos, corruptos, mafiosos y nazis.

La retórica presidencial importa. Las palabras importan. El jefe de Gobierno puede reducir o avivar las divisiones que nos separan. Está en su poder. Y Gustavo Petro, a estas alturas, no ha entendido que él es el presidente de todos los colombianos y no solo de quienes lo apoyan.

Quiero ser claro. Entiendo perfectamente por qué tantos piensan que ciertos sectores del país han sido injustos, miopes e indiferentes con el sufrimiento del pueblo colombiano. No les faltan razones. Y por eso comprendo que califiquen a millones de “nazis, mafiosos, corruptos y asesinos”. Es una opinión que respeto, así no la comparta. Pero para un país es muy peligroso que su primer mandatario, que representa a toda la nación, llame criminales a buena parte de la población solamente porque discrepa de sus políticas.

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Gustavo Petro no es un ciudadano más. Su cargo lo obliga a actuar con altura, serenidad, cordura y generosidad. Basta recordar las palabras de Lincoln en el ocaso de la guerra civil, cuando los odios y los conflictos eran mucho peores que los nuestros: “Con malicia hacia ninguno…”, proclamó, “sanemos nuestras heridas”.

Ante esto, muchos defensores del presidente acuden a la mofa y a la burla tonta. “¿Qué debe hacer entonces Gustavo Petro?”, preguntan entre risas. “¿Dar palmaditas en la espalda?”

Es fácil ridiculizar cualquier opinión. Lo difícil es rebatir con seriedad y honestidad. Porque no, el presidente no debe dar palmaditas. Debe unir al país que lidera. No dividirlo e incendiarlo más. Porque esto se puede salir fácilmente de control. Y la reconciliación nacional se irá al abismo. Y aunque después nos culpemos los unos a los otros, solo tendremos un tristísimo resultado final: un país maravilloso que se suicidó. Al igual que tantas naciones del pasado que no supieron actuar con lucidez y grandeza. Y de las cuales hoy solo quedan sus ruinas humeantes.

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@JuanCarBotero

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