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EN ESTOS DÍAS HA RESURGIDO EL DEbate acerca de la importancia de Gabriel García Márquez. Unos aplauden sus virtudes como narrador, mientras otros lo estiman de menor aliento o cuestionan la validez de su estilo para describir nuestra realidad actual.
Mi posición al respecto es distinta, y la he expuesto antes. Mejor dicho: voy más allá. Yo sospecho que aún no hemos apreciado la verdadera dimensión de este autor, y por eso opino que García Márquez es más importante de lo que la gente piensa, y que su obra es incluso más trascendental de lo que sus defensores argumentan. En otras palabras, a mi juicio nuestro premio Nobel es tan significativo, que el auténtico tamaño de su grandeza ha tardado en llegar a nuestra comprensión, como la luz de un astro remoto que sólo hasta ahora vislumbramos con mayor claridad.
En efecto, para entender qué tan importante es García Márquez en nuestra historia, basta señalar que hacía muchos años no se escuchaba un reconocimiento mundial tan vasto y generalizado en torno a un novelista en castellano. Casi todos los escritores más famosos e importantes de Alemania, Francia, Inglaterra, India, Turquía, Egipto, Estados Unidos, Rusia, Sur África, Italia, España y tantas otras naciones (más toda América Latina) han confesado, en algún momento de su vida, lo mucho que le deben a García Márquez, lo mucho que lo respetan, y añaden que él es uno de los autores más valiosos de la literatura. Y no sólo de la literatura latinoamericana o la escrita en español. Sino de la literatura mundial.
Más aún, es difícil encontrar un ganador del Premio Nobel de Literatura que haya señalado a un novelista en castellano como uno de sus maestros de cabecera, una figura definitiva en su formación literaria. Y, si se encuentra el caso, es todavía más difícil que ese novelista de nuestra lengua reciba un segundo o un tercer reconocimiento de quienes han sido galardonados en Estocolmo. En cambio, con García Márquez sucede todo lo contrario: a partir de 1982 es difícil encontrar un premio Nobel de literatura que no se haya declarado, en algún momento de su vida, como descendiente, heredero o, al menos, admirador de este novelista colombiano. A tal punto que la ganadora del Nobel de 2007, Doris Lessing, afirmó que lo mejor de haber recibido la noticia abrumadora fue que García Márquez la llamó por teléfono para felicitarla por su triunfo.
Lo cierto, repito, es que desde hacía muchos años no se escuchaba, alrededor de un novelista en castellano, un aplauso universal tan indiscutido. Hasta se podría argumentar que esto no sucedía en nuestro idioma (con un novelista, hay que insistir) hacía más de 400 años. Aunque quizá suene excesivo, se puede decir que García Márquez es, muy probablemente, el novelista en castellano más importante después de Cervantes.
Tan pronto se pronuncia en público o en un privado una tesis de este calibre, las personas siempre titubean de desconcierto, y de inmediato, en silencio o en voz alta, emiten una objeción y proponen una larga lista de novelistas en castellano que todos admiramos sin reservas y que estimamos de una trascendencia indiscutible. El valor de cada una de estas grandes figuras es, ciertamente, imposible de refutar. Por eso no digo que García Márquez sea el único novelista relevante en nuestra lengua. Afirmo que su caso es distinto, porque ningún otro ha tenido un impacto mundial y cultural comparable. Por eso él es más grande de lo que la gente a veces sabe o recuerda, y por eso su figura es todavía más excepcional en la historia de la novelística en castellano. Y si el debate continúa, habrá que argumentarlo más a fondo la semana entrante.
