Tras seis meses de gobierno de Gustavo Petro reina la incertidumbre. Muchos creen que esta será una de las mejores presidencias de nuestra historia, y muchos otros creen que será la peor y que está en peligro nuestro régimen político. Es como si el país hubiera lanzado al aire una moneda, que ahora está girando, y nadie sabe cómo caerá. Entre tanto lo que está en juego es el futuro de la patria.
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Colombia está dividida en polos opuestos, propios de la polarización que la ha partido en dos desde hace años. Cada día amanecemos con una nueva propuesta o polémica, y mientras que los defensores del Gobierno justifican el hecho del día, sus detractores lo resaltan como una prueba más del comienzo del fin. Sin embargo, ambas orillas tienen esto en común: la falta total de autocrítica.
La oposición, por ejemplo, es patética. No sólo es inútil sino que le ayuda al Gobierno a validar sus iniciativas, incluyendo una tan temeraria como llamar al pueblo a la calle para apoyar reformas que no conoce. No es una oposición seria ni constructiva sino un antagonismo visceral, con sus líderes compitiendo para ver quién grita y ofende más. No buscan ofrecer una alternativa al poder sino anunciar el apocalipsis e insultar al presidente. Esa estrategia ahonda la confrontación y radicaliza la polarización.
Más aún: opinan que el presidente es un guerrillero que destruirá la democracia. Pero jamás se les oye decir que Petro es culpa de ellos. El presidente que aborrecen es resultado directo del desgaste de tantos años de gobierno uribista, caracterizado por la corrupción, fiscales de bolsillo y pésimos resultados sociales, empezando con el 70 % del país que es pobre o ronda la pobreza. Aun así se lavan las manos de toda responsabilidad por la situación actual y ahora se presentan como salvadores de la patria cuando la crisis la crearon ellos. Pero eso nunca lo admiten.
Algo similar sucede con los defensores del Gobierno. ¿Cuántos están dispuestos a reconocer los errores del presidente, incluso los innegables, como la salida en falso del cese al fuego con el Eln? Para ellos no parece haber errores. Cada falta tiene su explicación. ¿Que Petro gobierna con trinos? Es un diálogo con el pueblo. Los ingresos del país dependen de los hidrocarburos, pero renunciar a ellos no es un suicidio económico; es contribuir a salvar el planeta. ¿Fricciones entre ministros? Roces normales en un gabinete diverso. ¿Invocar facultades extraordinarias y gobernar por decreto? Algo usual en un presidente. ¿Negociar con narcos y escoger como voceros a gente indigna? Hacer lo necesario por la paz. ¿Agitar al pueblo desde un balcón como un caudillo populista no es intimidar al Poder Legislativo y Judicial? Es acatar la voluntad popular.
Y si alguien expresa una crítica, en seguida es un enemigo y un periodista vendido y prepagado. Los seguidores del Pacto Histórico defienden muchas cosas, entre ellas (en teoría) una nueva forma de hacer política. Pero si insultan, satanizan y descalifican a quien piensa distinto, ¿en qué se diferencian de la oposición?
Ambos bandos lucen impermeables a la crítica. Les interesa más ganar un debate que salvar el país. Entre tanto la polarización está peor que nunca, la unidad nacional está cada vez más lejana y la moneda sigue girando en el aire. Ya veremos de qué lado cae.