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Ahora que ha concluido el gobierno de Gustavo Petro, le corresponde al movimiento progresista realizar, con brutal honestidad, la tarea más difícil de su historia: un severo proceso de autocrítica para entender en qué y en dónde se equivocó tanto.
Porque, seamos honestos, el primer gobierno de izquierda fue un fracaso rotundo en todos los frentes, y además le hizo un daño inmenso al progresismo como opción política. Mejor dicho, si de veras creen que con Petro lo hicieron bien, y si aspiran a repetir la fórmula en cuatro años, van derecho al abismo.
Pero ojo: cuando hablo de mirarse en el espejo y hacer un balance franco y real y un implacable ajuste de cuentas, lo digo en serio. Es decir, para esto no sirven las tesis de consolación que escuchamos durante cuatro años, ni mentirse y celebrar victorias falsas, ni acudir al trillado espejo retrovisor que fue la reacción automática y defensiva de los partidarios del gobierno. No sirven disculpas tipo “sí, pero…”. Sí, pero otros robaron antes; sí, pero otros gobiernos también se equivocaron; sí, pero la corrupción no se acaba en cuatro años. Nada de eso vale porque hacer algo mal con disculpa no es igual a hacerlo bien, como llegar tarde a una cita con razones no equivale a llegar a tiempo. Y un país necesita resultados, no excusas.
La verdad es que Colombia, en aras de combatir la desigualdad y reducir la pobreza, necesitaba una buena izquierda en el 2022. Pero buena significa moderna, no una empeñada en desempolvar ideas obsoletas y vencidas por la Historia. Y buena significa eficaz, no grandilocuente en discursos y promesas de cambio pero incapaz de garantizar la seguridad o ejecutar un presupuesto. Y buena significa pragmática, dispuesta a buscar acuerdos con otros grupos políticos y no emperrada en azuzar su base y fomentar la polarización que tanto daño nos ha hecho. Y buena significa demócrata, no validando dictaduras vecinas ni intentando cambiar la Constitución para quedarse en el poder. Y buena significa seria, no regida por el populismo y la improvisación. Y buena significa honesta, no indulgente con la corrupción y experta en culpar a otros de sus fracasos. Y buena significa realista, no dominada por fantasías como trenes elevados e inexistentes carros eléctricos, o el espejismo de un proceso de Paz Total que sólo sirvió para duplicar los frentes subversivos.
En suma: ojalá tengan el coraje de reconocer la dura realidad: que Gustavo Petro careció de capacidad de ejecución y gobierno; que su falta de seriedad y sus parrandas y payasadas torpedearon su mandato; que su tolerancia con la corrupción, empezando con su propia familia e incluyendo a su hermano, al hijo que no crió, a su esposa con su vida de rica pagada con impuestos colombianos, junto con las chicas Guerrero y funcionarios torcidos como Armando Benedetti, lo llevó al desprestigio absoluto; que sus choques con empresarios fueron inútiles; que su política energética fue suicida; que su manejo del orden público y de Ecopetrol fue criminal; que preferir echar discursos incendiarios en vez de madrugar y gobernar, llevó su proyecto a la derrota electoral.
En fin, si no hacen nada de esto no se podrán quejar. Porque no volverán a ganar una sola elección y sólo ellos serán los culpables. Y, en verdad, ni siquiera se lo merecen.
