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Según el petrismo, sí. En verdad todo el que critica al presidente, quien le señala un error o una incoherencia, es acusado en el acto de ser de derecha, y se usa la etiqueta como un bolillazo para callar y cancelar al crítico.
¿Por qué? Ser de derecha o de izquierda no es, de por sí, algo bueno o malo. Es una postura personal y respetable, y depende de cómo se actúa al ejercerla. Cada lado tiene virtudes y defectos, patriotas y canallas, y ambos, en sus momentos más extremos, han llevado a dictaduras y a baños de sangre.
Por eso la acusación es eficaz. Porque no se señala al crítico de ser un moderado sino de ser un radical: un fascista, partidario de la violencia, y aún más, de la violencia paramilitar. Por eso el presidente tilda a sus opositores de “nazis”.
El objetivo es descalificar. No refutar las tesis ni debatir los hechos. Eso tarda demasiado. Es más fácil y expedito callarlos a todos de un plumazo: invalidando su palabra misma. ¿Cómo? Siguiendo la práctica milenaria de Estados y religiones. Mediante una etiqueta que los declara traidores o herejes. Y, en este caso, la etiqueta es “ser de derecha”.
Por eso el petrismo mete en un mismo costal a todos sus críticos, sin respetar matices o diferencias. Es mejor decir que todos son opositores de derecha porque así las críticas resultan inválidas, viciadas de antemano. Vienen de fascistas.
Pero mis críticas a Petro no tienen nada que ver con ser de derecha. No son reparos teóricos sino de resultados. Y ni siquiera creo que Petro sea de izquierda. No, al menos, como concibo la izquierda moderna. Petro es un incendiario y un agitador. Y así no actúa un demócrata progresista. Un líder que insulta a sus contradictores, que ataca a la prensa independiente, que no admite un error y siempre posa de víctima, que no respeta la autonomía de las cortes, que agrede a gremios y empresarios, que apoya a bandidos como “Gafas” mientras ofende a las fuerzas militares, no merece el título de progresista, del cual se ufana. Porque una cosa es ser un líder de izquierda tolerante y honesto, como Pepe Mujica, y otra es ser un populista iliberal. Como Gustavo Petro.
Acusar a todo crítico de ser un fascista es fácil, pero errado. Escritores como yo o como Mario Mendoza, como escribió en Cambio, criticamos los abusos de la derecha al igual que los de la izquierda. Mario retrató a Petro a la perfección, destacando la ilusión que despertó en campaña y la decepción que genera hoy por sus promesas incumplidas y por su actitud narcisista y paranoide. Y de Mario se puede decir de todo menos que es de derecha.
Claro, muchos críticos del presidente son de derecha, pero otros no lo son. Porque esa no es la única razón para criticar al gobierno. Se puede (y se debe) repudiar la cantidad de errores diarios, que merecen un reparo sin importar la ideología de quien lo hace. Esas críticas no surgen porque la persona sea un fascista, sino porque es un colombiano: alguien a quien le duele tanta ineptitud, corrupción e improvisación, y porque el cambio prometido pinta como uno de los grandes engaños de nuestro tiempo.
La etiqueta “derecha” busca cancelar. Y el otro lado lo hace igual. Cuando Trump y Musk llaman a Kamala “comunista”, la palabra, como un bolillazo, resume un mensaje condenatorio: es una radical de izquierda, enemiga de la empresa privada y partidaria de confiscar propiedades y libertades.
Esa es la estrategia. Usar etiquetas como garrotes para anular al crítico. Porque en un país polarizado solo hay dos opciones. Y la validez de la palabra no depende de ideas o argumentos, depende de dónde se origina. De cuál de las dos tribus procede. Si viene de la mía, todo lo que se dice es verdad. Y si viene de la otra, todo lo que se dice es falso. Son burbujas de acero. Impermeables.
Y así está el país: partido en dos, gritando en un diálogo de sordos.
