GLORY, LA PELÍCULA DE EDWARD Zwick de 1989 que muchos consideran su obra maestra, rescata un hecho histórico de gran relevancia en este momento: el primer regimiento de soldados negros que luchó en la Guerra Civil (1861-1865), en la que murieron 620.000 soldados de ambos lados del conflicto.
La película está basada con rigor en hechos reales y tiene varios momentos memorables. El primero es cuando el joven coronel Robert Gould Shaw recibe noticia de que los Estados Confederados del Sur acaban de anunciar, mediante un bando terminante, que cualquier negro capturado peleando contra la Confederación será de nuevo esclavo, y cualquier negro capturado vistiendo el uniforme de la Unión, será ahorcado sin fórmula de juicio. Shaw sabe lo que eso significa: su regimiento, el N° 54 de Massachusetts, compuesto de negros libres y esclavos fugados, antes del alba se deshará en deserciones para evitar esa suerte brutal. En medio de un aguacero, el coronel lee el bando ante la tropa y luego sólo se oye la lluvia que repica en el barro. Al día siguiente, Shaw sale a pasar revista, sabiendo que pocos seguirán en las filas, y no lo puede creer: ningún hombre ha desertado. Todos están presentes en posición de firmes.
El segundo momento es cuando el soldado llamado Trip es capturado (creen que intentaba fugarse, pero en realidad sólo buscaba zapatos decentes) y castigado delante de todo el regimiento. ¿Su pena? El látigo. El sargento le arranca la camisa y la multitud emite un apagado sonido de espanto: la espalda del hombre está rayada de cicatrices de latigazos anteriores. Shaw vacila, porque sabe lo que significa aplicarle ese castigo a un negro que forma parte de las tropas del Norte, las que están luchando por liberar al país de la esclavitud, pero la ley marcial no le deja opción. Entonces le dice al sargento que proceda. Trip se aferra a una rueda de madera y comienzan los azotes. El hombre resiste los latigazos sin hacer un ruido, y no le quita la mirada al coronel. De pronto, el labio inferior le tiembla, en su ojo se anida una lágrima (de dolor, humillación y rabia) y en seguida ésta desciende por su mejilla. Los mares del mundo tienen menos fuerza que esa lágrima que resbala, larga y solitaria, por aquel rostro moreno que sufre en silencio.
El tercer momento es cuando el regimiento, que lidera un ataque suicida a la fortaleza Wagner en las playas de Carolina del Sur, se atrinchera en las dunas de arena, esperando la noche para reanudar el ataque. Suenan las cornetas, empieza el asalto, y el soldado que lleva la bandera cae de un balazo. En seguida cae Shaw. Entonces Trip, quien ha rechazado el honor de llevar la bandera, la recoge del suelo, se da vuelta para animar a sus compañeros y empieza a trepar el parapeto del fuerte, pero una descarga lo frena en el acto. Muriendo, se apoya en la bandera antes de caer.
Estos tres momentos sugieren que, ante la intolerancia y el racismo, existe una respuesta: la responsabilidad de quien asume las riendas de su vida y lucha por la igualdad y la justicia. “Yo no sé muchas cosas, es verdad”, escribió el poeta León Felipe. “Digo tan sólo lo que he visto”. Y he visto: cuando yo tenía cuatro años de edad, se firmó el Acta de Derechos Civiles de 1964 que prohibía la discriminación en Estados Unidos. Pero el racismo siguió, y Martin Luther King fue asesinado en 1968. Sin embargo, mi hija menor, quien ahora tiene cuatro años de edad, acaba de ver a Obama asumir la presidencia, y esa imagen ha cambiado el mundo para siempre, y fue posible gracias al sacrificio de todos quienes dieron la pelea, empezando con los héroes del 54 de Massachusetts.