En su primer discurso inaugural, Bill Clinton declaró: “Todo lo malo de Estados Unidos se puede corregir con todo lo bueno de Estados Unidos”.
Lo mismo se puede decir de Colombia. Nuestro país es pujante, productivo, dotado de una resiliencia asombrosa. Cada colombiano vive abrumado por noticias escalofriantes, bombardeado por titulares de corrupción y violencia, y por eso es, a menudo, pesimista con respecto al país y su futuro. Discrepo. Nuestra nación ha tenido una fuerza ejemplar para persistir en medio de crisis y conflictos. Colombia padece altísimos niveles de asesinatos, secuestros, asaltos a poblaciones, violencia intrafamiliar y de género, pobreza y desigualdad. Y ha sufrido, de manera simultánea, ataques de guerrillas, paramilitares, delincuentes y narcotraficantes. Aun así, el país ha crecido y se ha modernizado, y no se ha dejado vencer por el desaliento y la desesperanza.
No niego ninguno de nuestros problemas. Ni la dimensión de cada uno o su gravedad. Sólo pienso que el país tiene la fuerza para prevalecer sobre todos. Es decir, lo bueno del país es más grande que lo malo que nos afecta.
Lo hemos visto en este gobierno. No hay día en que el presidente no ataque a un sector de la población. Ya sean camioneros, empresarios, el Congreso, la prensa, las cortes o quienes no apoyan sus políticas. Gustavo Petro ha intentado, y está intentando, reformar la Constitución mediante una Asamblea Constituyente para cambiar el sistema político del país. Sin embargo, los contrapesos han funcionado. Justamente los sectores que han sido blanco de sus ataques han frenado los peores excesos del gobierno. En efecto, ¿cómo estaríamos si las cortes, el Congreso, la prensa y la ciudadanía no hubieran impedido los asaltos a nuestras instituciones? Esos contrapesos y límites al ejecutivo nos han permitido atravesar este cuatrienio. Maltrechos y golpeados, sin duda. Con el sistema de salud destruido por culpa del jefe de Estado y sus ministros. Con una crisis fiscal sin precedentes. Con un sector energético paralizado por las políticas del ejecutivo, que, en vez de reducir nuestro consumo de combustibles fósiles a medida que fueran surgiendo fuentes renovables de energía, frenó en seco la explotación de gas y petróleo. Con Ecopetrol, la mayor empresa del país, en la mayor crisis de su historia. Con un banco central amenazado por el presidente. Y con el orden público deteriorado por el fracaso de su Paz total. Pero, a pesar de todo eso, el país está listo para la próxima contienda electoral.
Esa resiliencia y esa resistencia me llenan de asombro y admiración porque confirman la tesis de Clinton. Lo bueno del país puede corregir lo malo. Pero con una salvedad. Para eso se requiere algo que no se puede arriesgar: la continuidad del orden constitucional. Si el presidente y su candidato se salen con la suya, y si logran armar una Asamblea dispuesta a cambiar el sistema político, me temo que lo que no lograron los abusos colosales de otros políticos, ni los desastres de tantos gobiernos previos, ni la violencia de guerrilleros, paras y narcos, que era destruir el país, lo logrará esta funesta y peligrosa iniciativa.
Por eso este gobierno no merece una segunda oportunidad. Más bien merece un elocuente castigo electoral. Y ese castigo depende de nosotros. De cada uno de nosotros.