Lástima.
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Porque, seamos honestos: lo que Colombia más necesitaba en el 2022 era una buena izquierda. Pero buena significa moderna, no una empeñada en desempolvar tesis obsoletas que han sido rebatidas por la Historia. Y buena significa eficaz, no una grandilocuente en sus discursos y promesas de cambios fantásticos, pero incapaz de poner gasolina en los aeropuertos o ejecutar un presupuesto. Y buena significa pragmática, lista a lograr consensos y a trabajar con otros grupos políticos, y no prolífica en insultos que solo dividen y azuzan la polarización. Y buena significa demócrata, no una dispuesta a validar dictaduras vecinas. Y buena significa seria, no una regida por la improvisación, como se ha visto tantas veces en este gobierno, empezando con el escándalo de los pasaportes que terminó, meses y pleitos y peleas después, en el mismo lugar donde empezó.
Lo cierto es que, luego de décadas de gobiernos de derecha o centro derecha, se necesitaba un gobierno progresista para priorizar el tema social. Para erradicar la pobreza y combatir la desigualdad. En ese sentido, alguien como el fallecido Carlos Gaviria, o Antonio Navarro, tras su excelente gestión en Nariño, habrían sido ideales para impulsar esa agenda. En cambio, por una de esas travesuras del destino, nos tocó Gustavo Petro. Y el resultado es que la causa progresista ha quedado gravemente herida, y hemos perdido años y oportunidades irrecuperables.
La idea central de Petro, que el Estado es la solución a todo y que debe manejarlo todo, está mandada a recoger desde hace décadas. En vez de trabajar con el sector privado para sacar adelante proyectos y reformas, sus choques con los empresarios han sido estériles. Y en vez de un presidente capaz de administrar el Estado con talento ejecutor, tenemos uno que no le gusta gobernar sino vivir en campaña electoral; que goza echando discursos incendiarios que mueven a las masas, pero que parece negado para gestionar resultados tangibles. Y en vez de uno que pone la cara por los fracasos, tenemos un experto en excusas que siempre culpa a terceros: que otros lo hicieron antes; que un país no se cambia en dos años (olvidan que Roosevelt cambió a Estados Unidos en 100 días); que tiene a la oposición en contra (oh sorpresa); etc., etc.
El país pedía a gritos reformas urgentes, pero no como las planteó Gustavo Petro. Estatizar la salud es un retroceso, no un avance. Reformar el trabajo de modo que aumente la informalidad es un contrasentido. Sacar adelante una ambiciosa reforma tributaria para que se esfumen los recursos por ineptitud, al punto que el presidente proponga imprimir billetes, es una vergüenza. Y en vez de proponer un proceso de paz realista, con un solo objetivo claro, como desmovilizar al ELN, este presidente y su ego cósmico propuso nada menos que la Paz Total, la cual solo ha multiplicado los frentes criminales en todo el territorio nacional, y ha fortalecido a las disidencias de las FARC al recibir, de parte del gobierno, legitimidad política, en vez de ser tratadas como lo que son: simples asesinos dedicados a negocios ilegales.
Lo dije al comienzo: lástima. Porque le costará mucho a la izquierda reponerse de este desastre. Y le costará mucho al país recuperar tanto tiempo perdido y tantas oportunidades desperdiciadas para siempre.