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Una defensa del centro

Juan Carlos Botero

21 de junio de 2024 - 12:05 a. m.

Detesto el calificativo “tibio”.

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Porque así las dos orillas políticas más radicales del país, la derecha y la izquierda, descalifican la posición que más se necesita en la actualidad: la sensata y moderada, que acepta el debate sin ser sectaria. Es la opción pragmática y tolerante, que busca el consenso y se aleja de los extremos.

Unos creen que defender un pensamiento liberal y democrático, alejado de los excesos más incendiarios del espectro político, lo que llaman centro o tercera vía, es ser cobarde o pusilánime. Se equivocan. La persona distanciada de los extremos, que no comulga ciegamente con una ideología u otra, no aspira a quedar bien con todos. Al contrario: sabe que quedará mal con la mayoría, compuesta por la suma de los dos grupos más radicales, y aun así defiende su posición.

Otros creen que no militar en una ideología extrema es ser indiferente ante las crisis o cómplice de la injusticia. No. Implica defender la vía democrática, que busca puntos de acuerdo, debatir con altura, respetar al otro y lograr coaliciones en aras del bien común. Además, es raro llamar al centro cómplice de la violencia, cuando los peores crímenes han sido causados, ante todo, por los extremos políticos. Ellos no fueron cómplices del horror. Fueron sus autores.

En Colombia esa acusación es aún más extraña. ¿Acaso hay que ser de izquierda para condenar los hornos crematorios, las motosierras, las masacres y los falsos positivos perpetrados por la derecha violenta del país? ¿O hay que ser de derecha para condenar matanzas y asaltos a poblaciones, el secuestro y el boleteo, minas quiebrapatas y todas las infamias de la izquierda violenta?

Asumir una posición de respeto no excluye la firmeza para defender las convicciones. Estudiar las opciones de modo racional, sopesando lo bueno y lo malo y tomando decisiones con base en lo que más le conviene al país, y no en lo que más le conviene al líder o al partido, es lo más justo y acertado. Y lo más patriótico.

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La derecha y la izquierda tienen algo en común: conciben la política como una lucha o conflicto, ya sea social, racial o de clase. La visión liberal concibe la política en términos de cooperación. Por eso ha prevalecido. La rigidez de los extremos llevó a su fracaso histórico, notable tras la Segunda Guerra Mundial, mientras que la flexibilidad liberal permitió la asimilación de los grupos de conflicto. Por eso derrotó a los extremos.

¿Qué cosas son sagradas para los devotos del centro? La Constitución y el Estado de derecho, la necesidad de jueces y entes de control autónomos, medios independientes que no estén sujetos a los abusos del poder o de grupos económicos. Y jamás rechazar unos crímenes mientras se toleran o disculpan otros.

No niego que las soluciones que prometen las ideologías más sectarias suenan atractivas, por ser claras en sus métodos y objetivos, a diferencia de la vía del consenso, que carece de sex-appeal y luce eterno por lento y gradual. Pero esas panaceas suelen ocultar gulags y campos de concentración, mientras que las soluciones liberales son prácticas y viables, acordadas por la mayoría, y no se basan en la ideología sino en la búsqueda de resultados positivos y tangibles.

Tampoco niego que muchos políticos del centro no han estado a la altura de su reto histórico. Pero que algunos lo hagan mal no invalida la posición. Invalida a esos sujetos.

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Ahora, el centro es una opción política atractiva por una razón: los extremos en Colombia han fracasado. La izquierda violenta de la guerrilla y la derecha violenta de los paras, pese a sus teorías y discursos, no son más que criminales. Y la derecha democrática de varios gobiernos, como la izquierda democrática de Gustavo Petro, dejan mucho que desear. La derecha entregó un país pobre y corrupto, con una desigualdad aberrante. Y aunque este Gobierno sólo lleva dos años en el poder, por tozudez ideológica, inexperiencia o ineptitud, lo han marcado la improvisación, la corrupción y la falta de ejecución.

Hay un nivel superior de la tolerancia: la aceptación. Y los dos extremos en Colombia tienen algo más en común: invalidan toda posición diferente a la propia. Y el centro es blanco fácil. Pero por algo les asusta tanto. Porque es la mejor opción para el país en este momento, la más incluyente y sensata, no basada en el odio y el rechazo sino en la tolerancia del otro y en la aceptación de nuestra identidad compartida. Incluso por encima de nuestras diferencias.

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@JuanCarBotero

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