3 Jun 2021 - 3:30 a. m.

Qué conservar

Siempre estamos cambiando y siempre estamos conservando. La vida biológica y la vida humana son equilibrios entre conservación y aumento. Qué cambiar y cuánto y qué conservar y hasta cuándo son tal vez las preguntas que ponen a prueba la sensatez en una persona, una organización y una sociedad.

Hace unos 300.000 años apareció nuestra especie. Hace unos 50.000 años salimos de África, cambiamos de geografía, pero conservamos las bandas familiares en las que vivíamos. Cuando las mujeres descubrieron la agricultura, hace unos 10.000 a 15.000 años, cambiamos la vida nómada, pero conservamos los clanes. Cuando llegó a vida civilizada en inmensas poblaciones urbanas, adquirimos las normas, las religiones, el ejercicio formal de la justicia, el papel de los ejércitos, la centralización del poder, la información y las decisiones. Hace 300 años llegó la vida industrial y cambiamos los nexos familiares por la vida impersonal.

En cada uno de esos cambios, buscamos conservar lo que considerábamos los mejores logros de la etapa anterior. Por ejemplo, conservamos las tecnologías acumulativas, las prácticas efectivas de resolver problemas entre gente que no se conoce, la validez de los contratos y la propiedad. Las libertades se ampliaron lentamente a través de milenios, de los amos hacia los esclavos y siervos. Cuando salimos de la servidumbre, encontramos que era clave conservar las libertades de movimiento, emprendimiento, opinión, pensamiento y acumulación de la riqueza.

No todas las instituciones que se conservan son fáciles de entender. Por ejemplo, la Corona británica, extrañamente, les ha ayudado a convivir en relativa paz por espacio de 800 años.

Todos los seres humanos somos cambiadores y conservadores. Las sociedades más exitosas desde la ilustración son aquellas que han sabido conservar lo que les da entidad, cohesión, capacidad de decisión y progreso, sin rupturas ni destrucción, pero a la vez flexibilidad para cambiar lo que haya que cambiar.

Qué conservar de Colombia, pregunta en este diario mi amigo Andrés Hoyos. Para empezar, se me ocurre: los villancicos y la Navidad, así como las celebraciones de las demás religiones y el respeto al ateísmo, para los descreídos. Sigo: las Vueltas a Colombia en bicicleta; las instituciones de manejo de la confianza, como la unidad familiar, la decisión sobre cuántos hijos tener y cómo criarlos; el buen humor; la euforia de la rumba; el sistema de salud; el Estado de derecho; la libertad de movernos, pensar y opinar; la no retroactividad de las leyes, evitar que el poder se concentre en una o pocas personas cuyo autoritarismo y arbitrariedad los lleve a cambiarlo todo a su acomodo. La lista es larga y podría continuar por páginas.

Colombia ha logrado unos balances constructivos entre conservación y aumento, enfrentando con relativo éxito desafíos tan grandes como la separación de Panamá, la violencia de los años 40 y 50, el narcotráfico y la guerrilla. Obtuvimos logros sociales palpables, pero siempre insuficientes. Hoy tenemos muchas falencias, con lo cual el dilema entre conservación y cambio vuelve a presentarse.

Los jóvenes y algunos políticos parecen querer cambiarlo todo. Es oportuno que haya voces que recuerden lo que hemos conservado y nos ha traído hasta acá, superando retos con estabilidad económica, política y jurídica que pueden parecer precarias, pero con frecuencia son envidiadas en la región.

No estigmaticemos a las personas que identifican lo conservable, ni a las otras que se concentren en lo cambiable. Ambas actitudes son necesarias. Cuando se raspa la superficie de esta discusión, los cambiadores generalmente van tras el valor de la igualdad. Mientras los conservadores van en la defensa de la libertad.

Hace 170 años, el fundador de The Economist, la revista inglesa, decía que uno puede ser conservador-liberal o liberal-conservador. Lo que no debe ser es conservador-conservador (que nada cambie) o liberal-liberal (que nada permanezca). Esa sabiduría anglosajona, pragmática, equilibrada, nos vendría bien. Cada cual hará su evaluación y el resto será lógica, retórica y política.

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