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El 21 de marzo de 1804 se aprobó en Francia un compendio de normas para regir las relaciones de los ciudadanos cuando nacen, se casan y mueren y también cuando se hacen pobres o se vuelven ricos: El Código Civil de Napoleón.
Este Código -envuelto en el mito de que en lo sustancial fue redactado por el mismo Emperador- tiene su lugar en la historia, pues fue un modelo para otras codificaciones en el mundo y algunas de sus disposiciones aún rigen en muchos rincones de la tierra.
Para sabios del derecho como Savigny, el Código de Napoleón en buena parte es simplemente una mala trascripción del Derecho Romano y una expresión del despotismo militar de Bonaparte.
En todo caso hay que reconocerle a Napoleón que entre batalla y batalla se preocupara de que los ciudadanos tuvieran un marco normativo claro y coherente, algo que cada vez importa menos en esta época.
Hace muchas décadas se perdió la elegantia iuris con la que solían redactarse las leyes en nuestro país. La falta de sindéresis al legislar en muchos temas críticos nos tiene en un caos normativo mayúsculo en el que reina la incertidumbre, madre de la injusticia y la impunidad que padecemos.
Cursa en el Congreso de la República un proyecto de simplificación normativa para derogar las leyes obsoletas y combatir la inflación legislativa. Sería el enésimo intento y no parece nada fácil que alguien se tome el trabajo de, al menos, identificar las leyes que deberían derogarse. Según el mismo proyecto los presidentes de las altas cortes tendrían que recomendarle semestralmente al Congreso medidas de simplificación normativa. ¿Acaso alguien le pondría atención a tales recomendaciones? Como si no tuvieran suficiente los Magistrados con tratar de despachar algún día los cientos de miles de expedientes que los agobian. Es lamentable pero al país político le importa muy poco la suerte de la justicia.
Napoleón, tal vez consciente del poco tiempo que tenía para pasar a la historia, apuraba frecuentemente a los redactores del Código para que terminaran pronto su tarea. De ese afán se la atribuye esta frase al Emperador: “A trabajar señores. Mereced el dinero que los franceses os dan.”
