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La ley bipartidista de infraestructura

Juan Carlos Gómez

21 de abril de 2024 - 09:00 p. m.

El Imperio romano lo fue gracias a su impresionante infraestructura construida a lo largo de 500 años. En su plenitud, las vías carreteables cubrían 120.000 kilómetros, desde el extremo occidente (Britania) al Oriente Medio (Siria) y la costa africana del mediterráneo. 2.000 años después muchas de esas vías coinciden con lugares de gran desarrollo económico.

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En la era moderna, cuando EE. UU. se conectó de costa a costa, primero con los trenes y después con las superautopistas, creó una plataforma de comercio, gracias a lo cual se convirtió en la potencia económica mundial a mediados del siglo pasado. Sin embargo, ahora gran parte de la infraestructura de ese país está rota. Muchos puentes, autopistas, puertos y ferrocarriles desplegados hace décadas ya son obsoletos, lo cual amenaza gravemente las cadenas de suministro y la capacidad productiva. Además de construir y renovar las infraestructuras, hay que adaptarlas para atender los desastres que conlleva el cambio climático: inundación de las zonas costeras, temperaturas extremas, incendios forestales y diluvios.

Con el fin de enfrentar el reto para los próximos 50 o 100 años, y recuperar el tiempo perdido, republicanos y demócratas -a pesar de la irreconciliable pugnacidad en casi todo- se pusieron de acuerdo, gracias a la tenacidad del presidente Biden. El Congreso en 2021 expidió la que se conoce comúnmente como la Ley Bipartidista de Infraestructura, la cual destina US$1 billón para invertir en múltiples y ambiciosos proyectos a través de todo el país. Se espera así reconvertir la infraestructura, cambiar los hábitos de trasporte, enfrentar los retos del cambio climático y evitar que China tome más ventaja. Su alcance y propósito son históricos, casi como lo fue en su momento el New Deal, de Franklin D, Roosevelt, que transformó a Estados Unidos y le permitió superar la peor crisis económica de su historia.

En Colombia, lo sucedido con los embalses y las líneas de trasmisión eléctrica que no se construyeron, las carreteras inconclusas por falta de cierre financiero y otras perlas, evidencian que nuestra peor pobreza es la futilidad de nuestra clase política, la de ahora y la de hace décadas.

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