En la medianoche del pasado lunes, un escueto comunicado expedido por doce de los clubes de fútbol más importantes de Europa generó un tsunami que terminó en un chaparrón. Se anunció la creación de una nueva competición fraguada con hermetismo y el apoyo billonario de inversionistas norteamericanos. Inmediatamente llegaron las amenazas de la UEFA y la FIFA, las manifestaciones en contra por parte de aficionados en varios países, los comunicados de operadores de televisión y la renuncia de dirigentes. La nueva competición, que de entrada garantizaba casi 300 millones de euros para los clubes miembros, apenas tuvo 72 horas de vida tras el retiro de nueve de los doce equipos fundadores.
Más allá de las razones económicas y comerciales que subyacen a esta iniciativa, las implicaciones jurídicas son de hondo calado, como la decisión de un juez en Madrid, que, con inusitada celeridad, dictó una medida cautelar para prohibirle a la FIFA, la UEFA, la Liga española y otras organizaciones tomar acciones que limitaran o impidieran la puesta en marcha de la Superliga.
Con todo, el debate jurídico apenas comienza. La piedra angular del negocio del fútbol es la creación de organizaciones privadas que definen según su criterio quién puede participar o no en una liga nacional o internacional. Esto podría ser restrictivo de la competencia. La UEFA y la FIFA tienen un monopolio en la organización de competiciones internacionales, lo que les permite la explotación económica exclusiva de sus eventos. La Superliga era un acuerdo entre empresas para generar más recursos; nos quedamos sin saber si era anticompetitivo.
La idea romántica de los clubes como organizaciones deportivas conformadas por sus hinchas cada vez se desdibuja más. Muchos clubes pertenecen a mini-Estados como Catar y Emiratos Árabes Unidos o a grandes corporaciones. El ejercicio de su ilimitado poder financiero sí que puede ser restrictivo de la competencia.
Valga recordar que la misma FIFA durante décadas se creyó intocable por parte de los Estados. Todo se derrumbó gracias a la señora Loretta Lynch, fiscal general de EE. UU., cuando sorprendió en sus andanzas a algunos directivos de la FIFA en un hotel en Zúrich. ¿Algo cambió?
@jcgomez_j