Era 1974, se enfrentaban en unas desiguales elecciones presidenciales Alfonso López Michelsen y el hijo de Laureano, Álvaro Gómez Hurtado. A mis 13 años fue mi primera vez tomando partido por un político y, dado que mi familia paterna es de origen conservador, lo hice por Álvaro. Participé como un niño en las Juventudes con Álvaro, repartí volantes a casas y carros de mi barrio y repartí los votos con sus sobres el día de las elecciones. Asistí por primera vez a una manifestación en la Pagoda que quedaba en la 100 con 15. Y así perdí mis primeras elecciones.
Les cuento esta historia para que se comprenda que desde niño admiré a Álvaro Gómez, deploré su secuestro cometido por el M-19 y celebré su liberación. Posteriormente, me pareció ejemplar el comportamiento de Álvaro como copresidente de la Asamblea Nacional Constituyente al lado de Antonio Navarro y Horacio Serpa; y ellos tres fueron los máximos responsables de nuestra maravillosa Constitución de 1991.
Después vino el horror de su asesinato a la salida de la universidad donde dictaba clases, el cual nos dejó sin la guía para que algún día lográramos como sociedad un acuerdo sobre lo fundamental. Y así pasaron 25 años sin alcanzar ese acuerdo, y los mismos 25 años sin saber quién lo mató. Nos quedamos con la idea, no comprobada, de que éste era un crimen de Estado. Sin embargo, siempre pensé, y así lo he manifestado, que Ernesto Samper podría ser lo que quieran, pero nunca creí que fuera un asesino.
Y ahora, 25 años después, las Farc, ya desmovilizadas como fruto del Acuerdo de Paz, reconocen, confiesan y piden perdón por el magnicidio de Álvaro Gómez, desatando una absurda e increíble tormenta política y judicial en el país.
Las Farc, con su confesión, han puesto básicamente en ridículo al sistema de investigación judicial en Colombia. No sé cuántos fiscales generales pasaron desde entonces sin que jamás hubieran tenido siquiera la menor sospecha de las Farc, como para por lo menos haber abierto una línea de investigación. Pero no, compraron y nos vendieron la idea de un crimen de Estado con participación de las fuerzas militares y del narcotráfico. Y hasta detenidos tuvieron en las cárceles, como supuestos autores materiales, que tampoco lo fueron.
Las Farc, con su confesión, demuestran los niveles de odio, fanatismo y salvajismo de esa guerrilla, al asesinar a un hombre que le habría servido mucho al país para alcanzar la paz y evitar años de sangre y miles de muertos y víctimas de lado y lado, pero sobre todo de la población civil. La equivocación de las Farc al asesinar al Álvaro Gómez es equivalente al error del M-19 en el Palacio de Justicia. El error de las Farc seguramente no tendrá perdón de Dios, como decían mis abuelitas.
Pero lo que es verdaderamente increíble de este episodio es que la derecha colombiana y el gobierno Duque venían, hasta con razón, fustigando a las Farc semana tras semana por la poca verdad que estaban ofreciendo ante la JEP y ante el país. Les exigían verdad, y verdad han tenido. En las últimas semanas las Farc reconocieron y pidieron perdón por el reclutamiento de niños y por la inhumana práctica del secuestro durante tantos años de guerra. Y finalmente, junto con otros cuatro asesinatos, han reconocido y pedido perdón a su familia y al país entero por la brutal muerte de Álvaro Gómez Hurtado.
Pero todo indica que ni el gobierno ni la derecha colombiana estaban preparados para recibir esta espantosa verdad. Su reacción inicial fue de negación: no es posible que hayan sido las Farc y nosotros sin enterarnos, vaya uno a saber a quién están encubriendo estos bandidos. Horas después han comenzado, incluyendo el presidente, a pretender burlar la jurisdicción de la JEP sobre los delitos confesados, queriendo hacer pensar, mediante intrincadas tesis jurídicas, que la Fiscalía tiene competencia sobre estos delitos. Y no solo eso, pretenden que el señor Gallo (alias Carlos Losada) renuncie a la curul en el Congreso de la República, curul obtenida como fruto del Acuerdo de Paz en su capítulo de participación en política.
Sé que están indignados, yo también lo estoy, pero de ahí a hacer trizas el Acuerdo de Paz hay un enorme trecho que el Jefe del Estado no debería intentar recorrer. El Acuerdo de Paz debe ser respetado por el Estado si no quieren incurrir en el delito de perfidia. La confesión de las Farc, por dura que sea, debe ser reconocida como un aporte a la paz, al perdón, la reconciliación y la no repetición en las que se fundamentó el Acuerdo de Paz.
Será función de la JEP valorar la confesión y las pruebas que presenten las Farc sobre la autoría de tan horroroso crimen, y será la JEP quien establezca, según los principios del Acuerdo, cuál será la pena a la que deberá someterse el sr. Gallo y todos aquellos quienes resulten culpables. Y será la JEP quien defina cuándo y por qué el sr. Gallo deba perder la curul que hoy detenta en el Senado.
Esta confesión de las Farc debería ser valorada como un avance en el cumplimiento del Acuerdo de Paz, y deberían las Farc continuar cumpliendo todos los compromisos que aun no están honrando. Por supuesto que la verdad debe ser revelada por todas las partes que intervinieron en este conflicto. De hecho, ya centenares de militares se han acogido a la JEP y están comenzando a aportar su verdad, pero aún falta mucho, por ejemplo, de los terceros y otros agentes del Estado que participaron en el conflicto promoviendo, creando y financiando ejércitos privados que inundaron de sangre la geografía nacional. Y así como le exigimos a las Farc el cumplimiento de lo acordado, el Estado también debe cumplir su parte en temas en los que aún muy poco se ha hecho, como en la implementación de las políticas de desarrollo agrario integral, en la presencia solidaria del poder transformador del Estado en las zonas del antiguo conflicto, en la protección efectiva de la vida de excombatientes y de líderes sociales, y en las alternativas de sostenimiento de quienes dejaron las armas y sus familias.
En conclusión, pretender hacer trizas el Acuerdo de Paz precisamente porque las Farc están cumpliendo con él, sería un verdadero despropósito histórico.
* Miembro de la Tertulia Cervantina 77. El contenido de este artículo es responsabilidad exclusiva de su autor