Hoy seré cronológico. Empezaré por el principio, terminaré con el final. Cuando era niño, alguna vez recibí de regalo de cumpleaños, una pistola de balines. Para mí, era como una caja de sorpresas desconocida. Nunca había usado armas, más allá de espadas plásticas y palos de escoba como lanzas galácticas impulsadas por el poder de la creatividad. Un sentimiento de superhéroe se había apoderado de mí, ya que entre mis manos reposaba un arma de verdad, no creada por la imaginación.
Aprendí a cargar las municiones y salí al jardín para estrenarla y practicar con un árbol de cerezas convertido en una víctima del tiro al blanco.
Le disparaba al tronco repetidamente y luego a unas botellas de vidrio vacías para saciar mi instinto ingenuo de entretenimiento. Así pasaron varias jornadas hasta que un día realizando la misma rutina observé que reposaba en la parte superior de una rama, un pequeño copetón.
Lo vi y pasó por mi mente curiosa y exploradora ponerlo en la mira. Cerré un ojo, estiré el brazo y le apunté por primera vez a un ser vivo, con la seguridad de que jamás lo lograría.
Apreté el gatillo con una mínima convicción pero inmediatamente el animalito cayó desplomado al piso. Mi alma quedó congelada, y el corazón desgarrado.
Entré en una pausa espiritual de infancia esperando despertarme de una horrible pesadilla adulta. Consternado me acerqué y lo observé sin vida en el suelo. Una lágrima se deslizó por mi mejilla recordándome que había dado un paso definitivo entre lo sagrado y lo profano.
Enterré al pajarito e ingresé a la casa para entregar oficialmente el arma a mis padres. Ya no la quería más. Y así la devolví para deshacerme de ella eternamente. El proceso de armisticio había comenzado y concluido el mismo día y para siempre.
Años después y hace tan sólo unos días, me encontraba en un viaje de trabajo y al entrar al avión, me senté al lado de una persona con aspecto juvenil. Luego de despegar, este sacó su computador, lo abrió y empezó a observar muchas fotos.
Mis ojos se engancharon y vieron que se trataba de un rango ilimitado de todo tipo de pistolas, fusiles y metralletas. La expresión de su cara me dejaba claro que las veía con una sensación de deleite, exquisitez y algo de morbo. Después de varios minutos de repasar una tras otra, decidió comenzar a ver videos.
Personas disparándole a objetos, carros, drones, maniquíes y animales. La verdad quedé impactado de todo lo que estaba viendo a 10 mil metros de altura.
Mi mente sugestionada empezó a proyectar por mi cerebro todo tipo de películas, tal vez alimentado por el miedo de un probable tema de terrorismo. De repente, la persona cerró el computador y me pidió dejarlo pasar para salir al corredor .Mi obsesión empezó a seguirlo sigilosamente. Vi que abría la gaveta superior del compartimento y sacaba de entre las maletas una Tula negra bastante larga.
Pensé que ahí podría llevar algún tipo de armamento. Decidí marcar segundo a segundo todos sus movimientos. El hombre caminó con su extraño equipaje hacia el baño delantero. Apenas ingresó, penséen avisarle a algún auxiliar de vuelo sobre este extraño comportamiento.
Decidí entonces primero levantarme y dirigirme hacia el baño para quedarme afuera esperando a que saliera .Pasaron varios minutos y el hombre no salía, mientras tanto mi paranoia deliraba con todo tipo de preguntas. ¿Por qué todo ese tiempo?¿Qué llevaba en esa tula? ¿Para qué entró al sanitario? ¿Será un terrorista? ¿Saldrá armado? ¿Pondrá una bomba?
Casi 5 minutos después, escuché que bajó la llave del inodoro. Afuera estaba yo preparado como si fuera un agente secreto listo para actuar en caso que fuera necesario. La luz se puso verde y la puerta se empezó a abrir. El hombre salió con la tula en la mano y la volvió a poner en el mismo maletero superior.
Yo entré al baño y empecé a revisarlo todo, buscando algún elemento extraño Abrí gavetas, revisé la basura, miré por abajo y por arriba, pero no encontré nada.
Retorné a mi silla nuevamente mientras él se colocaba unos audífonos gigantes que lo aislaban del sonido exterior. Yo seguí pendiente hasta que lo vi cerrar los ojos y quedarse dormido hasta el aterrizaje. Aunque nunca pude responder las preguntas, logré entender que sin quererlo y sin contrato alguno, había sido protagonista anónimo de un seguimiento en las alturas, en medio de una serie de acción donde tuve un rol de detective privado sin que nadie más lo supiera. Tal vez todos somos agentes secretos en potencia.