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Dos "naranjas mecánicas"

En la vida, nada como el factor sorpresa de sentir cuando algo ordinario se convierte en extraordinario.

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Nunca se debe perder la capacidad de asombro como motor principal para la construcción de la magia.

La Naranja Mecánica (A Clockwork Orange) es una de las películas de culto más importantes de la historia, que sin duda ha influenciado a más de una generación, incluyéndome a mí, y que está cumpliendo 55 años de existencia.

Basada en el libro escrito por el novelista inglés Anthony Burgess, la cinta se estrenó en 1971 y fue dirigida por el legendario Stanley Kubrick, el mismo que nos deleitó con 2001 Odisea en el Espacio y el Resplandor, y fue protagonizada por el inolvidable Malcolm McDowell quien caracterizó a Alex Delarge.

La semana pasada estuvimos en NY con mi hijo en una proyección especial del ‘film’ con motivo de su aniversario.

Llegamos al teatro y nos encontramos con un público peculiar, una comunidad cultural conectada espiritualmente con su temática, donde las personas estaban vestidas y disfrazadas al estilo del personaje, portando el clásico sombrero negro, el bastón y los trajes blancos que lograban sumergirnos por el imaginario cinematográfico del paso del tiempo.

Ya sentados, apareció en el escenario el dueño del teatro quien pidió que al finalizar nos quedáramos pues habría una sorpresa, la cual supuse que probablemente sería un afiche o alguna pieza de merchandising.

La película duró 2 horas y 16 minutos y luego nos anunciaron que nos acompañaría un invitado muy especial, el cual entró sorpresivamente caminando por el corredor y se sentó en el set:

Era Malcolm McDowell, uno de mis héroes de juventud. De manera espontánea y muy divertida nos empezó a narrar historias maravillosas e íntimas de la película.
Como olvidar escucharlo hablar de la genialidad de Stanley Kubrick , la cual colindaba con la locura pues durante el rodaje, el Director pasaba por una etapa de paranoia extrema donde percibía espías rusos y chinos que lo seguían y lo observaban por todos los lugares donde iba.

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El estilo de realismo exagerado que Kubrick imprimió en este film llegó a convertir a McDowell en una víctima, logrando incluso lesionarlo.
En la escena donde le abrían los ojos con pinzas mientras escuchaba la novena sinfonía de Beethoven McDowell terminó con una lesión de córnea que posteriormente lo obligaría a practicarse una cirugía de recuperación.

Además en el episodio cuando lo trasladaban de la cárcel a la clínica para comenzar su tratamiento, la enfermera le aplica una inyección suministrada con una enorme jeringa. Kubrick dio la orden que la inyección tenía que ser verdadera pues quería observar la cara del actor con intenso dolor para darle potencia dramática y realista a la toma.

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A tal nivel llegó la tensión entre Kubrick y McDowell durante el rodaje que decidieron traer una mesa de Ping Pong para jugar y aprovechar cada pausa de grabación como una dosis de relajamiento.

Al terminar su charla, nos acercamos a él entre un tumulto de gente que lo rodeaba y le dijimos que eramos colombianos, tema que enganchó su atención y su reacción inmediata fue decirnos que amaba a Colombia. Esto fue conexión total.

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Finalmente nos invitó a que fuéramos a ver la inauguración de su nueva película, “Last train to fortune”, un film de vaqueros envuelto en humor negro y algo de demencia.

Y allá llegamos al cine tres días después para verla.

Nos sentamos en el teatro, cuando de repente entró caminando nuevamente el mismo Malcolm McDowell. No lo podíamos creer. Haberlo visto una vez ya era algo extraordinario. Pero encontrárselo dos veces, la misma semana, era ultra extraordinario.

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Inmediatamente nos levantamos y fuimos directo hacia él.

Pero esta vez todo fue diferente, ya que él nos miró a los ojos, giró su cabeza y nos saludó con emoción: Colombia !!!!!

A partir de ese día me quedó claro en mi mente y en mi corazón que la "Naranja Mecánica" tiene aroma a Colombia o tal vez que Colombia tiene aroma a naranja.

Juan Carlos Ortiz
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