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Hoy me siento único. Pertenezco al exclusivo grupo de 5.000 millones de personas que estuvimos interactuando con el Mundial de fútbol. Recuerdo como nunca los tres momentos de sobredosis emocional más relevantes que he sentido en mis 15 mundiales de vida.
Comencemos por aquel apoteósico gol de Freddy Rincón en el mundial de italia 90, enfrentando a la Selección de Alemania, la cual terminaría siendo la gran campeona.
Ese día nació para mí la esperanza del fútbol colombiano. Empatarle a Alemania en un Mundial era un imposible platónico. Pero ver pasar el balón entre las piernas del gigante arquero Bodo Illgner me hizo creer que sí se podía. En ese momento a creencia entró en ebullición.
Me encontraba como un universitario en la cafetería de la empresa donde realizaba mis prácticas. En ese preciso instante el grito de gol se apoderó del universo. Una explosión incontrolable nos hizo abrazarnos a todos, sin importar jerarquías, géneros, diferencias o sesgos ideológicos.
24 años después en el mundial de Brasil, el gol de James Rodríguez contra Uruguay logró ganar el Puskas al mejor gol del año y también borrar las líneas de la polarización bajo el poder de un abrazo de gol.
Cuatro años más tarde en el Mundial de Rusia, el cabezazo de Jerry Mina en el último minuto para empatar contra Inglaterra, produjo un estallido sensorial capaz de nublar los descontentos y apagar las molestias.
Solo recordar esos instantes vuelve a erizar dentro mí el lado épico de los sentimientos. Únicamente el Mundial de Fútbol posee esa magia que todo lo supera, con la capacidad histórica y humana para lograr que se abracen los amigos, los amigos de los amigos, los enemigos de los enemigos, los enemigos, los enemigos de los amigos y los amigos de los enemigos.
Lo que separa la política, el fútbol lo logra unir. Un fuerte abrazo.
