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El 12 de febrero de 1804 murió en Ale mania, en la antigua ciudad de Konigsberg, uno de los filósofos más representativos y respetados de Europa: Immanuel Kant, escritor del libro “Crítica a la razón pura”, una potente disertación que logró combinar la razón con el escepticismo para determinar lo que se puede conocer por medio de la razón antes de la experiencia.
Kant nació en el reino de Prusia, el cual se convertiría en el eje fundamental del poderío intelectual, político y económico del imperio alemán.
Hace un tiempo, estaba en el viejo continente y decidí viajar a Rusia para conocer Kaliningrado, ciudad que recibió su nombre en 1946, en honor al líder soviético Mikhail Kalinin. En el centro de la urbe se encuentra el Parque de las esculturas, un lugar mágico, lleno de jardines y de monumentos históricos.
Al recorrerlo, súbitamente me crucé con un hermoso mausoleo que me llamó la atención. Al acercarme y verlo con detenimiento y de manera inesperada me percaté de que se trataba de la tumba del gran Immanuel Kant. Una placa allí lo conmemoraba.
El filósofo que nació y murió en Alemania ahora reposa eternamente en Rusia. Vivió y trabajó en alemán y ahora descansa eternamente en ruso.
Konigsberg fue la ciudad alemana invadida por los soviéticos al final de la Segunda Guerra Mundial y que luego ellos rebautizarían como Kaliningrado.
Immanuel Kant quien decidió vivir y morir en Alemania, nunca imaginó terminar reposando eternamente en Rusia. La historia geopolítica del planeta se encargaría de desterrarlo post mortem.
Una experiencia inédita que la razón no logra entender. Sorpresas te da la vida.

