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Los tres mosqueteros

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Juan Carlos Ortiz
20 de diciembre de 2008 - 05:24 a. m.
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Alguna vez leí la historia de Alejandro Dumas sobre los tres mosqueteros y D’artagnan. Uno de los conceptos esenciales de aquella narración es sin duda el valor de la lealtad. Tal vez un fundamento venido abajo en un mundo moderno absorbido por la presión laboral y los deseos insaciables de crecimiento, envidia y poder.

Y cuando hablo de lealtad me refiero a la verdadera. O como mi abuela bien decía, la que en este mundo ya prácticamente no se consigue. Si existe algo verdaderamente valioso en el territorio de los negocios es encontrar gente verdaderamente leal. En términos literarios de épica mosquetera, personas que  guarden la espalda por encima de cualquier cosa. Como bien lo hacían Aramis, Portos, Atos y D’artagnan. Poder entrar a una situación de  tensión, conflicto y desafío, pero sabiendo con qué se puede contar.

Hoy el mundo corporativo vive en una carrera venenosa de competencia. En Norteamérica  la llaman la carrera de las ratas. No importa lo que tengan que hacer o agredir, ellas por encima de todo están dispuestas a pasar. Las ratas jamás se detienen en su camino y sólo son devoradas por otras ratas.

Mi experiencia de trabajo ha convivido con Latinoamérica,  Europa y Estados Unidos. Y obviamente con mi país natal, Colombia. Llevo conmigo la llave secreta  de un grupo de personas que me enseñó la lealtad. Que me la mostraron  y siguen demostrándomela por encima de cualquier evento. Bien se hacen llamar el grupo de los doscientos años, pues entre ellos así lo suman. Son tres verdaderos mosqueteros. Mi versión viva, actual y colombiana de Dumas. Mi primera secretaria, como creativo publicitario, mi secretaria, como presidente de la oficina y mi conductor. Ceci, Virginia y Herrera. Hoy ya todos retirados, pero no de mi vida, pues forman parte de mi junta directiva espiritual.

Hace cuatro años que salí  trasladado de Colombia hacia E.U. Pero hoy, su lealtad sigue tan intacta y tan fuerte como en los mejores momentos de la existencia. Siguen siendo las personas de  mayor confianza, las cuales ponen las manos en el fuego por mí y obviamente yo pongo las mías por ellos. Son una lección vitalicia de lealtad e integridad humana. La verdaderamente humana, la que se encuentra por encima de las corporaciones, las empresas y los intereses. En pocas palabras, un verdadero tesoro, de aquellos que ya casi no se encuentran en este mundo y de los cuales jamás se deja de aprender.

Si usted posee algo así, cuídelo, vale más que todo el oro del mundo.

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