Voltaire lo narró muy claro en su cuento Micromegas: la vida es relativa.
Aquel personaje que decide partir de su planeta por sentirse pequeño y diminuto al compararse con el resto de los habitantes, llega a un nuevo lugar donde ahora es señalado por todos como un gigante y desmesurado ser.
Si pasa en la literatura francesa, pues también puede suceder en nuestra vida cotidiana.
En mi carrera profesional publicitaria siempre he tenido la fortuna de sentirme precoz por los cargos que he desempeñado y a la edad en que los he ejercido.
Puestos en Colombia, en Latinoamérica, en Estados Unidos y en el mundo. Y la verdad, continuamente me llenaba de orgullo este factor de constante juventud que me convertía en la sangre nueva de cuanta reunión participaba.
Tan joven me sentía que los meses anteriores en búsqueda de un visionario modelo de trabajo estuve asistiendo en representación de la compañía al mítico Silicon Valley en California, símbolo máximo de la innovación y del desarrollo tecnológico, para trabajar de la mano con Google y con Facebook.
Realmente fueron unos días increíbles en sus oficinas, centros lúdicos de pensamiento y comportamiento como pocas veces había visto. Volví a sentir lo que alguna vez se llamó el american dream.
En mis reuniones estuve con los altos directivos de ambas empresas, escuchándolos, preguntándoles, compartiéndoles, proponiéndoles y soñando un poco acerca del nuevo negocio de las comunicaciones y del inminente cambio que ha traído en el comportamiento humano.
Sesiones de trabajo exquisitas e inspiradoras que me dejaron muy claro que ahora yo soy el viejo, el más viejo. Una nueva generación nativa digital que no supera los 28 años de edad viene galopando a altas velocidades, moviéndose por el sistema de conectividad global. Pero además empiezan a controlar el mundo, su data y su información.
Y yo emocionado pasé mágicamente de ser el eterno joven a convertirme en el emergente viejo.
O como lo llamó Win Wenders en el cine, Tan lejos pero tan cerca, ahora lo podría filmar conmigo como Tan joven pero tan viejo.
El tiempo simplemente no está pasando, se está comprimiendo y está pasando aun más rápido.
Mientras tanto yo me miro al espejo y preparo mi siguiente reunión de trabajo en Palo Alto en búsqueda de la fuente de la eterna juventud que me permita no salirme de este tren bala digital.