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Ecuador

Juan Carlos Pinzón Bueno

16 de octubre de 2009 - 11:51 p. m.

La relación histórica entre Ecuador y Colombia ha sido muy amistosa.

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Salvo la invasión por parte de Ecuador en 1863, que concluyó con la victoria colombiana en la escaramuza de Cuaspud, casi siempre ha existido hermandad. La relación de las fuerzas armadas de los dos países ha sido de mutuo respeto y colaboración. Desde la Batalla de Tarqui en 1829 (con gran dimensión histórica en Ecuador y casi ninguna recordación en Colombia), en donde las tropas de ambas naciones lucharon bajo la bandera de la Gran Colombia, hasta la colaboración estrecha en la derrota del M-19 en los ochenta. Aún hace pocos años se mantenía un intercambio de información permanente, que por ejemplo contribuyó a la captura de alias Simón Trinidad en pleno corazón de Quito.

En materia económica, las exportaciones anuales y la inversión colombiana alcanzaron 300 y 55 millones de dólares respectivamente. Llamaba la atención al comienzo de esta década la cantidad de empresas colombianas, y de colombianos en general que se encontraban insertados en la economía ecuatoriana. No era sino recorrer las calles y los centros comerciales para ver la cantidad de vehículos, almacenes, y hasta restaurantes de origen colombiano. En otro frente nada despreciable, en la cultura popular, los nexos en el futbol se convirtieron en otro factor de unión.
 
Pero como en toda relación, éstas se deterioran por descuido. No dimensionamos la importancia estratégica de la relación con Ecuador. Quizá nuestra propia falta de acción interna nos impedía mirar hacia el sur. Mientras la realidad política y económica en Ecuador estaba en ebullición, no reaccionamos e incluso tomamos distancia de acontecimientos dramáticos, como sí el desenlace allí no afectará los intereses de Colombia. Gran error. Ese ambiente fue propicio para que se generara un resentimiento en contra de los colombianos por su “explotación” económica y por la inseguridad en el norte. Esto poco a poco fue utilizado como herramienta política por sectores radicales que llegaron al poder con la actual administración.

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Es curioso, pero quienes sí aprovecharon el contexto ecuatoriano fueron los terroristas de las Farc que violaron la soberanía del vecino y se asentaron en el norte. Establecieron nexos políticos profundos, incluso cercanía con el actual gobierno, y como producto de la liquidez que le genera el narcotráfico se convirtieron en jugador influyente en una economía dolarizada. 

Hoy que se está negociando el reestablecimiento de relaciones diplomáticas es necesario repensar esta relación. Tener embajada en Quito no es útil en si mismo. En el corto plazo no se puede ser ingenuos el actual gobierno tiene nexos con el “Alba” y con las Farc y por ello seguramente nos van a dar sorpresas. Los objetivos de la relación deben ser asegurar la paz entre los dos países y construir una relación de prosperidad mutua. En el primero, garantizar intercambio en materia de información y seguridad es fundamental, así como fortalecer la capacidad de nuestras fuerzas armadas para la protección de la frontera. En el segundo, alternativas económicas como acuerdos comerciales y de integración financiera, zonas económicas libres, e intercambios universitarios serían herramientas a considerar. No se puede dejar de lado la gran cantidad de profesionales ecuatorianos brillantes a nivel internacional (en las multilaterales y en firmas internacionales) a quienes conviene invitar a Colombia para construir conjuntamente una agenda de largo plazo para los dos países. En fin se requieren acciones que trasciendan en el tiempo y sean atractivas para los dos.

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Nota: Mientras redactaba esta columna me enteré de la orden de captura al General Padilla. Es el mundo al revés, es inaceptable. Pero no sorprende. Ya habían agredido al Dr. Santos, quien fue rodeado por el país. Preocupa que en unos años se olviden los hechos y terminen quienes participaron en esa valerosa acción, con el riesgo de ser detenidos. Se necesita una defensa del Estado con peso jurídico internacional, pues estas maniobras no van a cesar.

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