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¿Cuántos millones de idiotas votan en Colombia?

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Juan Carlos Rincón Escalante
20 de junio de 2026 - 05:04 a. m.
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En las últimas tres semanas leí y escuché versiones de la misma pregunta: ¿cómo es posible que tanto idiota vote por ese candidato? Lo gracioso es que lo vi en personas que se referían a Iván Cepeda y otras que hablaban de Abelardo de la Espriella.

Y digo gracioso no en el sentido de que me gusta la comedia electoral, sino en la ironía de un país lleno de personas que se sienten superiores al resto de colombianos por la forma en que toman decisiones políticas. Hasta una influenciadora muy conocida publicó un video donde, palabras más, palabras menos, dijo que el problema principal de nuestro país es que le falta educación a la gente que sale a las urnas. Padre, perdónalos, porque no saben lo que votan, dicen con humildad fingida.

Este es el síntoma de una de las enfermedades más graves que tiene Colombia: la incapacidad de dialogar con alguien que piense distinto a nosotros. Porque eso requiere escuchar con sinceridad y estar siempre dispuestos a reconocer que podemos estar equivocados, que nuestros puntos de vista necesitan matices, que la realidad es tan compleja que nos exige la humildad de hacer siempre preguntas sobre lo que sentimos, pensamos y argumentamos. Basta sentarse a leer los comentarios en cualquier columna de El Espectador para ver un montón de personas segurísimas de tener la última palabra y de que todos los que piensen distinto son... bueno... idiotas.

Ya hemos visto en qué termina esto. Hace diez años exactamente, Donald Trump sacudió al mundo llegando a la Presidencia de los Estados Unidos. Una y otra vez leí versiones parecidas de lo que ahora observo en Colombia. Básicamente, personas ilustradas (o semi-ilustradas, como se refirió a mí una tuitera) lamentándose que haya tanto idiota capaz de votar por alguien como él. Esa actitud llevó a profundizar las grietas entre demócratas y republicanos. Hoy, después de haber elegido dos veces a Trump, ese país se hunde en la polarización, la agresividad, la manipulación, la desinformación y la incapacidad de tender algún tipo de puente.

Pasó también en Colombia cuando ganó Petro. Mi familia es de derecha y, a veces, me gusta sentarme a escuchar sus conversaciones de política. Con el pasar de los meses en este gobierno, hasta llegar al punto de clímax en esta elección, no dejaban de preguntarse cómo es posible que haya idiotas capaces de respaldar al Pacto Histórico.

Estamos esclavizados por la tuiterización del debate público. Incluso si solo consumimos Instagram o TikTok, no hay cómo escapar a ese tipo particular de argumentación que premian los algoritmos porque despierta las emociones más intensas y negativas en quien escucha. No queremos periodismo, queremos propaganda; no queremos escuchar, queremos sentirnos superiores; no queremos tender puentes, sino aplastar al otro en gavilla; no hay nada más satisfactorio que poder demostrar que ese “otro” que piensa diferente es un hipócrita. “Lo peinaron”, dicen, con orgullo, los que ven que alguien venció a otro con un apunte mordaz.

Claro, de esto también somos culpables los medios de comunicación y los influenciadores de política. En esta precaria economía de la atención, nos entrenamos rápido a oler cuál tipo de opinión va a generar más impacto, pero no necesariamente a ser la más útil o persuasiva. He visto a tanta gente que respeto y que escribe en estas páginas lanzar unas publicaciones en X tan lamentables que no pude seguir leyéndolos igual.

Porque: ¿de qué nos sirve tanta violencia? Al final del día, ¿qué nos aportan los likes? Más allá de los líderes políticos y de quienes están buscando obtener un contrato estatal o trabajar en alguna UTL del Congreso de la República, la lógica de “la peinada” lo único que logra es aislarnos. Nos convence de que tenemos la razón, nos junta con personas que piensa igual que nosotros, y nos aleja de cualquier oportunidad de cambiar de parecer. Consciente e inconscientemente nos atrincheramos, con orgullo, en nuestros sesgos. Y creemos que estamos haciendo algo útil por el país.

No pretendo restarle importancia a la elección presidencial. Tampoco caer en la trampa de argumentar que nos encontramos ante dos extremos igual de peligrosos: no creo que así sea. Mi pregunta a nivel personal, para la que no he encontrado respuesta, es cómo podemos habitar este país si millones de personas creen que otros millones de personas son una manada de idiotas. Pareciera que al unísono dijéramos la frase que la senadora Angélica Lozano pronunció sin percatarse que había un micrófono abierto: “con estos hijueputas no se puede hacer nada”.

Entonces, ¿cómo hacemos para tener un país después del 21 de junio?

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Pedro Juan Aristizábal Hoyos(86870)Hace 40 minutos
Muy buena
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