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Akiyuki Nosaka nació en Kobe, Japón, en 1930, y pertenece a una generación que debió afrontar las consecuencias de la bomba atómica lanzada por los Estados Unidos el 6 de agosto de 1945 sobre Hiroshima y el 9 del mismo mes sobre Nagasaki.
Aunque Nosaka no estaba en el epicentro de la explosión atómica, vivió en carne propia los bombardeos de los B-52 sobre Kamakura, su ciudad natal, un 15 de agosto como hoy. Perdió a su padre. Vio morir a su hermana. Y vagó solitario por años siendo apenas un adolescente. Su obra parece ser el resultado de una herida de la que ninguno de sus personajes se libra: la imposibilidad de renunciar a la memoria.
La tumba de las luciérnagas, la primera de las dos novelas breves que componen este libro, es quizás uno de los más conmovedores testimonios que existan, desde la literatura, de la derrota del pueblo japonés. Aunque aparecen en primer plano los bombardeos, y el dolor de un pueblo, lo verdaderamente abrumador es cómo, desde el punto de vista de un adolescente, se nos muestra el dolor de la pérdida. Seita tiene catorce años, ha perdido a su madre y ahora debe cargar con su hermana Setsuko, de apenas seis, tras los bombardeos. Su padre es parte de la armada y, por lo que sabemos, también ha muerto. Seita está solo ante su destino. Y así estará hasta el final de una historia cuyo argumento más demoledor es cómo, ante la desgracia y la pérdida, podemos ser inhumanos ante nuestros semejantes. Seita no es un símbolo: no es un títere con el cual Nosaka quiere demostrar una tesis sobre el trato que se les dio a los huérfanos de la guerra. Es un adolescente asustado que debe aprender a enfrentarse a la vida solo. Así, mientras camina en medio de la desolación; mientras su hermana enferma y el hambre lo carcome, él jamás intentará una reflexión sobre lo que ha pasado: él es lo que ha pasado.
Pero si La tumba de las luciérnagas se ocupa de los días posteriores a los bombardeos, Nosaka escribió la segunda de estas novelas, tratando de mostrar los efectos a largo plazo de aquel agosto negro. Las algas americanas sucede en los años sesenta. Toshi, un ejecutivo de una empresa de publicidad, deberá afrontar la visita de una pareja de invitados norteamericanos a su casa. Toshi, presionado por su esposa, deberá aceptar que Japón ha comenzado a olvidar aquello que para él es inaguantable: la idea de que su país se postró ante su enemigo y lo adoptó con alborozo renunciando a construir su propio destino en la derrota. Las algas americanas es la narración de cómo un hombre insiste en doblegar sus fantasmas sin jamás lograrlo.
Nosaka es una celebridad en su país. En 1968 ganó con estas dos novelas el prestigioso Premio Naoki. Puede vérselo en propagandas de whisky o cantando canciones pop o incluso dirigiendo películas bajo el seudónimo de Aki Yukio. Puede vérselo como un hombre que ha aprendido a vivir con su memoria. Claro, no ha renunciado a ella.
La tumba de las luciérnagas/Las algas americanas, Acantilado, 2007.
