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La crónica necesita tiempo, dijo Carlos Monsiváis el pasado viernes 15 de agosto en una conversación con Mario Jursich, en el Centro Cultural Gabriel García Márquez.
Quizá por eso cada vez aparecen menos crónicas en nuestros medios impresos. En contra de la creencia común de que las crónicas son textos periodísticos rebosantes de detalles que agregan color local a la realidad, el oficio del cronista es más exigente y complejo: además de conocer con hondura la materia sobre la que versan sus textos, debe saber relacionar y acopiar diferentes informaciones para dar brillo a una nueva realidad. Las grandes crónicas son capaces de descubrirnos una nueva interpretación de aquellos hechos que los lectores creíamos conocer con suficiencia.
Algo así ocurre en el más reciente libro de José Alejandro Castaño, Zoológico Colombia. El título, lo admito, puede espantar: una vez más quiere arroparse a la crónica de lo fabuloso, casi del hallazgo sobrenatural que hace un periodista. ¿Colombia es tan fantástica? ¿Hay tantos hechos absurdos en este país comparado a cualquier otro? Pero una vez sorteado el obstáculo de una portada –amarilla, que a su belleza se atiene–, los textos de Castaño son verdaderas crónicas.
Castaño es uno de los periodistas más serios de Colombia. Ha sido parte de unidades de investigación, ha cubierto el conflicto, ha escrito reportajes de largo aliento para revistas nacionales e internacionales y siempre ha cultivado, al lado de estas actividades, el sano oficio de la crónica. Porque en la crónica no aparece sólo la información seca del día a día. En estos textos están los márgenes de las libretas de apuntes del periodista, apuntes que le sirven para escribir historias hiladas a través de una curiosa elección: los animales (¡de ahí el título!).
Pero no animales cualquiera. Animales como los hipopótamos perdidos en la infame Hacienda Nápoles de Pablo Escobar, en donde también los paramilitares de la época usaban a sus víctimas como alimento de cocodrilos. O pueblos con nombres de animales, como la célebre –por lo triste– La Hormiga, Putumayo, en donde Liliana Meléndez se dedica, como antropóloga forense, a desenterrar los cuerpos desmembrados por las masacres sucesivas. O perros viejos y callejeros en las calles de Medellín que le sirven a Castaño como punto de arranque para hablar de la indigencia en las calles colombianas. Eso son estos animales: pretextos que abren nuevas interpretaciones a las noticias del día a día. Apenas excusas que utiliza un periodista para mostrar un país que más allá de lo fantástico y lo inverosímil, es profundamente complejo y casi siempre, cruel. Un país que produce miles de noticias y que apenas nos deja espacio para la reflexión. Estas crónicas sirven para eso.
Zoológico Colombia, José Alejandro Castaño, Norma. ojoalahoj@yahoo.com
