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Desencuentro

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Juan David Correa Ulloa
09 de enero de 2009 - 02:24 a. m.
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Leí Chesil Beach con una expectativa enorme. El tema me parecía fascinante. Se trataba, según las reseñas de prensa, de la historia del desencuentro de una pareja la noche de su boda.

El amor, aunque ha sido tratado desde múltiples ópticas en la literatura, es acaso uno de los tópicos más complejos en cuanto a tratamientos literarios se refiere. Ian McEwan, su autor, además, es considerado por la crítica como uno de los grandes escritores de nuestro tiempo. La conjunción de todos estos elementos parecía perfecta.

Chesil Beach, es cierto, es una novela armada con la sabiduría de un  relojero: su lenguaje es preciso –valga decir que la traducción es aceptablemente buena–, unos personajes convincentes, una atmósfera bien delineada y una construcción interesante. Sin embargo, no bien comencé a avanzar en la novela fui sintiendo una especie de decepción parecida a la de Florence y Edward la noche en que descubren que, pese a todo el amor que decían profesarse, estaban el uno muy lejos del otro. Una decepción que me hizo detenerme con morosidad en los párrafos de McEwan, en la manera en la que había ideado contar su historia, pero que no me permitía internarme del todo en ella.

McEwan utiliza un recurso interesante para contar su novela. Parte de esa noche nupcial en la que todo se rompe, para describir la vida y la época de dos personajes atrapados en sus circunstancias. Florence pertenece a un ambiente un poco más liberal que Edward, tiene un mundo que él no tiene, es una música de conservatorio algo más culta que él, un historiador que sueña con contar la historia de hombres que estuvieron a la sombra de grandes momentos históricos. Se encuentran por azar. Se enamoran. Jamás consuman el hecho y una vez deciden casarse, en su primera noche todo se derrumba. Pero decía que McEwan es un escritor hábil en cuanto al tratamiento de esas dos anodinas vidas. A través de saltos al pasado da cuenta de la estrechez de la mentalidad británica de los años cincuenta, y sus consecuencias sobre una juventud que aún no abrazaba el sueño de libertad de los sesenta. Esa estrechez, es quizás un acierto de la novela. Lo que no me queda claro es si McEwan persistió tanto en recalcarlo que termina por volverse predecible y aburrido. Y no me queda claro porque al final, cuando todo encaja y los diálogos de esta pareja rota son contundentes y la conclusión de la novela se acerca, uno siente gratitud por una historia que promete más de lo que cumple.

Chesil Beach, Ian McEwan, Anagrama.ojoalahoj@yahoo.com

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