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La literatura no tiene ninguna obligación con el fútbol, declaró en alguna ocasión el escritor Martín Caparrós, seguidor fervoroso del Boca Juniors y quien ha escrito grandes páginas dedicadas a la pasión que hoy comienza a embargar al mundo durante un mes.
El fútbol y sus tratamientos literarios distan de ser históricos: apenas hace cincuenta años, o un poco más, ese “deporte de estúpidos ingleses”, como lo llamó Borges, era criticado con dureza por las élites literarias que desdeñaban el juego que movía a miles de almas a corear por un equipo cada domingo. Quizá fue el periodismo contemporáneo el que irrigó la vena de los escritores que le han consagrado páginas memorables a ese juego en el cual “la pelota nunca viene por donde la esperas”, como dijo el portero de la selección argelina Albert Camus.
¿Tiene la culpa el fútbol de que la literatura, salvo en honrosos casos, no haya sido capaz de producir ficciones extraordinarias como sí las hay sobre béisbol y boxeo, por ejemplo? Uno diría que no. Pero antes menciono a escritores como Osvaldo Soriano, Roberto Fontanarrosa, Manuel Vázquez Montalbán, Juan Villoro, Nick Hornby, Eduardo Galeano, Mario Benedetti y pocos más (ya sé, siempre hay olvidos injustos). Todos ellos, hinchas convencidos, han escrito cuentos y novelas que merecen ser recordados hoy, cuando en Sudáfrica, México y el país anfitrión abran un nuevo mundial.
El tema, me parece, ha sido discutido hasta el hartazgo sin que haya conclusiones determinantes. Acaso la respuesta está en que el fútbol mismo es una metáfora. Y sus posibilidades literarias están por fuera del juego: los hinchas de Fiebre en las gradas, de Nick Hornby; la gloria pasajera, en el caso de El penal más largo del mundo, de Osvaldo Soriano; la muerte, en el de Suicidio en la cancha, de Horacio Quiroga; y así sucesivamente hasta darnos cuenta de que es tiempo de cambiar la pregunta: ¿por qué el fútbol no ha producido grandes escritores? Arriesgo una respuesta: el gol de Diego Armando Maradona a Inglaterra, en el Mundial de México 86, podría haber ganado un Nobel. Pero no era literatura. Era fútbol. Y no hay Premio Nobel para el “juego más bonito del mundo”.
Ya sé, algunos dirán que Valdano es un buen escritor. Opino que era mejor futbolista.
