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A los dieciocho años leí el siguiente comienzo: “Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí y demás puñeteras estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso.
Primero porque es una lata, y segundo, porque a mis padres les daría un ataque si yo me pusiera aquí a hablarles de su vida privada”. De ahí en adelante el monólogo del jovencísimo Holden Caufield fue una avalancha sobre mi incipiente adultez. Me sentía como Holden: vagaba por las calles buscando algo. No sabía qué. Pero sabía que estaba de cacería.
Mucho tiempo después, y a raíz del fallecimiento el pasado jueves 28 de enero de Jerome David Salinger, a los 91 años, ese hombre que se retiró al campo después del estrepitoso éxito de ‘El guardián entre el centeno’, en la década de los cincuenta, he vuelto a leer el libro. Me ocurre que algunos de mis ídolos de adolescencia no han soportado una segunda lectura. Sin embargo, volviendo a oír la voz de Holden, repasando sus hiperbólicas ideas sobre todo, sumergiéndome en la mente de ese muchacho que siempre tendrá dieciocho años, me quedé pasmado con la inmortalidad de ciertos libros. Eso, que no es ningún descubrimiento, me hizo descubrir asuntos que había pasado por alto.
El primero: Holden Caufield es un mentiroso y así lo dice en el comienzo del segundo capítulo. Es probable, en consecuencia, que toda su historia, ese divagar sin rumbo después de ser expulsado del Instituto Pencey por mala conducta y fallas en la mayoría de sus asignaturas, sea una fantasiosa manera de decirnos que siempre es posible, en la literatura, arreglar el pasado y construirlo a nuestro parecer. El segundo: ‘El guardián entre el centeno’ no es solo un libro poderoso por su personaje. Lo es porque cada página es una constante invitación a la lectura. Holden, lector empedernido de Ring Lardner, ya hace una declaración de principios sobre lo que sería su incipiente poética: “Lo que más me gusta de un libro es que te haga reír de vez en cuando. Leo un montón de clásicos como ‘El regreso del inmigrante’ y leo también muchos libros de guerra y de misterio, pero no me vuelven loco. Los que de verdad me gustan son esos que cuando acabas de leerlos piensas que ojalá el autor fuera muy amigo tuyo para poder llamarle por teléfono cuando quisieras”. Y tercero: es hora de que Alianza, la editorial que ha tenido desde 1973 los derechos del libro, haga una nueva traducción que la haga honor a ese hombre que, después de todo pensaba que “en el momento en que uno cuenta cualquier cosa, empieza a echar de menos a todo el mundo”.
El guardián entre el centeno, J.D. Salinger, Alianza Editorial.
