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La soledad del mánager

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Juan David Correa Ulloa
13 de febrero de 2008 - 02:55 p. m.
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Escribe Antonio Caballero en la introducción de este libro de María Teresa Ronderos que si algo caracteriza a los humoristas políticos, o mejor, a los buenos humoristas, es la soledad:

“Los humoristas son pájaros solitarios. No pájaros de bandada, sino aves de presa, que para volar alto tienen que volar a solas, por su cuenta. No hay humor posible sin independencia, y es por eso que el humor oficial no existe. Sería una imposible contradicción entre los términos”. Quizá esa sea la sensación que se apodera del lector cuando lee estos cinco perfiles: no hay ninguno de ellos que haya dejado de sentirse incómodo: uno se suicidó, dos se asilaron en sus cuarteles de invierno, al siguiente lo asesinaron y el último ha sufrido la censura.

El libro, no obstante, no sólo vale por la oportuna tarea que entraña recuperar personajes que parecen conocidos, pero a los que, en verdad, desconocemos por completo. Su mérito está en que Ronderos es una periodista que sabe que no es el centro de la narración: lo son sus personajes. Ahí está ese largo y minucioso perfil sobre Ricardo Rendón, ese panida bebedor de aguardiente que encontró el genio a través de la pluma y la soledad demasiado temprano. La suya es la égida del héroe: es admirado, se le considera desde temprano como un ilustrador y humorista principal, pero la sensación de hastío no deja de perseguirlo. Quiere tocar el cielo con las manos. Sueña con un libro que le conseguirá el parnaso final, pero su vida, ese trasegar de cantinas y amores en Bogotá y Medellín, es una cuchillada como la de sus dibujos. Así que ese dibujante de “trazos secos y parcos, de pocos trazos firmes y, a veces, leyenda certera, dio el fulminante año tras año durante una década”: y encuentra el blanco, también fulminante, el miércoles 28 de octubre de 1931: era una Colt calibre 25. “Se puede decir (de Rendón) que tocó el cielo con las manos. Sus dibujos ponían a madrugar al pequeño país del poder, el que leía”.

Lo mismo podría decirse del perfil dedicado a Lucas Caballero, Klim. El suyo, fue un humor paródico, que se burló del poder desde el centro del mismo. Desde muy joven, cuando fue expulsado del Gimnasio Moderno, comenzó a lanzar dardos en contra del establecimiento. Dueño de un estilo mordaz, Klim jamás cedió a la tentación de caer en lugares comunes: ahí está El epistolario de un joven pobre, una especie de expiación biográfica con la que se ganó, desde muy joven, las páginas de los diarios.

Y entre los tres perfiles finales, el más exhaustivo es el dedicado a Héctor Osuna. Heredero de una tradición de humor político más apegado a los cánones de sus antecesores, Osuna ha sido desde hace treinta años un lugar obligado al cual acude ya no sólo la clase letrada, como ocurría en los días de Rendón, sino todo aquel que lee los periódicos. Osuna, conservador y alejado del mundo, nos muestra cuál es el precio que acarrea la crítica. En palabras de Caballero, “(...) riesgos. Todos los humoristas tratados aquí por María Teresa Ronderos sufrieron amenazas, demandas por injuria y calumnia, excomuniones de la Iglesia, puñetazos en la calle, desafíos a duelo de pistola”.

Todo lo cual es verdad aunque no por eso son virtuosos sino precisamente por lo contrario: porque decir la verdad cuesta, porque no han sido otra cosa que humanos y “amorales y anarquistas”, y amantes del poder y obcecados hasta la médula, o simplemente atrevidos que han preferido el silencio y la independencia, a la gloria pasajera. Todos asumieron, y esa es la gracia de este libro, la soledad del mánager frente a la multitud del establecimiento.

ojoalahoj@yahoo.com

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